Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
Los ejidatarios de Loma Alta han levantado la voz con una exigencia que no puede ignorarse: la reapertura del Nevado de Toluca tras un año de cierre. No se trata de un capricho ni de una presión sin fundamento, sino de una necesidad que refleja el desgaste económico y social que han enfrentado las comunidades aledañas. El Nevado, más que un atractivo turístico, es un espacio de vida, de identidad y de sustento para quienes lo rodean. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) ha planteado un nuevo modelo de visitación, pero mientras las mesas de diálogo se prolongan, las familias siguen acumulando pérdidas y la paciencia se agota.
El cierre prolongado ha dejado una herida visible: comercios paralizados, guías sin empleo, productores locales sin clientes. La economía rural, que depende en gran medida del flujo de visitantes, ha quedado suspendida en un limbo. Los ejidatarios no piden una reapertura irresponsable ni un acceso sin control; lo que reclaman es certidumbre, un calendario definido y reglas claras que les permitan planear su futuro. La indefinición es, en sí misma, un daño. No se puede exigir a las comunidades que soporten indefinidamente la carga de decisiones burocráticas que parecen olvidar que detrás de cada día de cierre hay familias que sobreviven con lo mínimo.
La Conanp ha insistido en la necesidad de un modelo de visitación regulado, y en eso los ejidatarios han mostrado disposición a colaborar. Están dispuestos a asumir responsabilidades, a participar en la vigilancia, a convertirse en aliados de la conservación. Esa actitud merece reconocimiento, porque rompe con la falsa dicotomía entre desarrollo y preservación. Los habitantes saben que el Nevado no puede explotarse sin límites, pero también saben que la conservación no puede construirse a costa de su hambre. La clave está en el equilibrio, y ese equilibrio solo puede alcanzarse si las autoridades escuchan y actúan con sensibilidad.
El Nevado de Toluca es un patrimonio natural que requiere protección estricta. Nadie discute que el acceso debe ser regulado, que el número de visitantes debe limitarse y que las actividades deben estar sujetas a normas claras. Pero la protección no puede convertirse en exclusión. Los ejidatarios no son intrusos, son guardianes naturales del territorio. Su conocimiento del entorno, su arraigo y su experiencia son recursos valiosos que deben integrarse en cualquier plan de manejo. Ignorarlos sería un error estratégico y una injusticia social.
La reapertura, además, no es solo un asunto económico. Es también un tema de confianza institucional. Cuando las comunidades perciben que las decisiones se toman sin considerar su voz, se genera un clima de descontento que erosiona la legitimidad de las políticas públicas. La Conanp tiene la oportunidad de demostrar que la conservación puede ser participativa, que las reglas pueden construirse de manera conjunta y que la protección del Nevado no está reñida con el bienestar de quienes lo habitan. La reapertura con acuerdos sería un mensaje poderoso: se puede cuidar la naturaleza sin marginar a las personas.
El riesgo de prolongar el cierre es doble. Por un lado, se profundiza la crisis económica local. Por otro, se abre la puerta a prácticas informales o ilegales: accesos clandestinos, actividades no reguladas, deterioro silencioso del ecosistema. La ausencia de un modelo definido no detiene la presión sobre el Nevado, solo la desplaza hacia la irregularidad. Por eso urge una decisión clara, transparente y consensuada. La indefinición es el peor escenario, porque ni protege ni permite vivir.
La crítica constructiva hacia las autoridades es evidente: no basta con diseñar un modelo en oficinas, se necesita construirlo en territorio, con la participación activa de los ejidatarios. La reapertura no debe ser vista como una concesión, sino como un pacto social. Los habitantes han mostrado disposición, ahora corresponde a la Conanp responder con seriedad y compromiso. El Nevado de Toluca no puede seguir siendo rehén de la burocracia; debe convertirse en ejemplo de cómo la conservación y la economía comunitaria pueden caminar juntas.
En este momento, la pregunta no es si se debe reabrir, sino cómo hacerlo de manera responsable. Los ejidatarios ya han dado la respuesta: con reglas claras, con colaboración, con respeto al entorno. La autoridad tiene la obligación de escuchar y de actuar. El Nevado merece un modelo de visitación que lo proteja, pero las comunidades merecen un futuro que les permita vivir con dignidad. La reapertura no es un favor, es una necesidad impostergable que exige voluntad política y sensibilidad social.
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