Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

En Ocoyoacac, Estado de México, los comuneros han decidido fundar una autodefensa forestal. El hecho no es menor: se trata de una respuesta directa a la tala ilegal que, desde hace años, devora los bosques y amenaza no solo el equilibrio ambiental, sino también la seguridad de quienes los habitan y los defienden. La pregunta que surge es inevitable: ¿Una autodefensa forestal en coordinación con autoridades militares? ¿A favor de quién estarán los militares? Porque la historia nos ha enseñado que la presencia de las fuerzas armadas en conflictos sociales puede ser un arma de doble filo.

Los comuneros no improvisan. Ellos conocen la tierra, saben dónde se esconden los taladores ilegales y han sido testigos de cómo la impunidad se convierte en el mejor aliado de quienes lucran con los recursos naturales. La creación de una autodefensa forestal es, en esencia, un grito de desesperación y dignidad: si las instituciones no protegen, entonces los pueblos se organizan. Pero aquí surge la tensión: ¿Hasta qué grado las autoridades van a permitir que los comuneros defiendan sus tierras? ¿Será tolerada su acción como legítima defensa o criminalizada como insubordinación?

La tala ilegal no es un problema menor ni aislado. Es un negocio que mueve millones, con redes que van desde el campesino explotado hasta el empresario que comercializa la madera en mercados nacionales e internacionales. Y en ese camino, los taladores ilegales no se tientan el corazón: han asesinado, han intimidado y han sembrado miedo entre quienes se interponen en su ruta. Por eso, la defensa de los bosques no puede ser tibia ni simbólica. Yo digo que toda defensa debe ser sin piedad, porque la naturaleza no se recupera con discursos y porque la vida de los guardianes del bosque está en riesgo real.

Ahora bien, la participación de las autoridades militares debe ser clara y contundente. No basta con que se presenten como observadores o mediadores. Su papel debe ser proteger a los comuneros y ejecutar acciones firmes contra los taladores ilegales. Por las buenas o por las malas, las fuerzas armadas tienen que demostrar que están del lado de la legalidad y de la vida, no de los intereses económicos que se esconden detrás de la tala clandestina. De lo contrario, su presencia será vista como un obstáculo más, como una complicidad disfrazada de neutralidad.

La autodefensa forestal no es un capricho, es una necesidad. Los comuneros no buscan protagonismo ni poder político; buscan sobrevivir y preservar lo que les pertenece. El bosque es su casa, su sustento, su identidad. Y cuando esa casa es atacada, la defensa se convierte en obligación moral. La pregunta es si el Estado está dispuesto a reconocer esa obligación y a respaldarla con hechos, no con promesas. Porque de nada sirve hablar de sustentabilidad y medio ambiente en discursos oficiales si, en la práctica, se permite que los árboles caigan y que los defensores mueran.

La crítica constructiva aquí es evidente: urge un modelo de coordinación real entre comuneros y autoridades, donde la autodefensa no sea vista como enemigo, sino como aliado. Urge que los militares entiendan que proteger a los comuneros es proteger al país, porque sin bosques no hay agua, sin agua no hay vida, y sin vida no hay nación. Urge también que se establezcan protocolos claros para que la defensa no se convierta en un campo de abusos, sino en un frente legítimo contra el crimen ambiental.

En conclusión, la autodefensa forestal en Ocoyoacac es un reflejo de la crisis que vivimos: cuando el Estado falla, el pueblo se levanta. Y en ese levantamiento, los militares tienen que decidir de qué lado están. Si están del lado de los comuneros, habrá esperanza; si están del lado de la indiferencia, habrá más violencia. Yo Digo que no hay tiempo para medias tintas: la defensa de los bosques debe ser sin piedad, porque los taladores ilegales ya demostraron que no conocen la compasión. La vida de los comuneros y el futuro de nuestros bosques dependen de que las autoridades actúen con firmeza, sin excusas y sin titubeos.

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