Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

México derrotó a Corea por la mínima diferencia de un gol a cero. El marcador refleja victoria, sí, pero también deja abiertas más dudas que certezas. El director técnico Javier Aguirre había prometido un “estilo tricolor” que marcaría diferencia, un sello propio que daría identidad al equipo. Sin embargo, lo que vimos en la cancha fue un partido que, más allá del resultado, se asemeja a un juego amistoso, a un ensayo de preparación, sin la contundencia que exige un Mundial ni la claridad táctica que se espera de una selección nacional.

El gol, único y solitario, no fue producto de una jugada elaborada ni de una estrategia que mostrara superioridad. Fue un tanto que, en su simpleza, recuerda más a un gol de primaria o de kínder que a una anotación de clase mundial. Y aquí surge la pregunta: ¿Ese gol vale realmente puntos o apenas medio punto? Porque la sensación que deja es que México ganó sin convencer, que el marcador es más un accidente que una consecuencia de un estilo definido.

El discurso de Aguirre sobre el “estilo tricolor” se queda en palabras. ¿Cuál es ese estilo? ¿La garra, la velocidad, la presión alta, la creatividad ofensiva? Nada de eso se vio reflejado en el campo. Lo que se observó fue un equipo que juega como siempre, con la misma irregularidad, con la misma falta de contundencia, como si el partido fuera un amistoso más en la larga lista de encuentros de preparación. Y en un Mundial, esa actitud es peligrosa. Porque aquí no se trata de sumar experiencias, se trata de sumar victorias con autoridad.

La crítica constructiva es necesaria: México debe dejar de conformarse con victorias mínimas que no transmiten confianza. El fútbol no se mide solo en goles, se mide en estilo, en propuesta, en capacidad de imponer condiciones. Y si el “estilo tricolor” se reduce a un gol aislado, entonces estamos frente a un espejismo. El equipo necesita mostrar más, necesita demostrar que tiene un plan, que sabe a qué juega, que puede enfrentar a rivales de mayor peso sin depender de errores ajenos o de jugadas fortuitas.

El triunfo contra Corea, aunque válido en el marcador, no debe ser motivo de celebración desmedida. Es apenas un recordatorio de que la selección mexicana sigue sin encontrar su identidad. Los aficionados esperan más que un gol solitario; esperan un equipo que inspire, que emocione, que haga sentir que el tricolor tiene un estilo propio y competitivo. Y mientras ese estilo no aparezca, cada victoria será vista con desconfianza, como un resultado que oculta más problemas de los que resuelve.

México necesita despertar. No basta con ganar por la mínima, no basta con prometer un estilo que nunca se ve. El fútbol exige claridad, exige contundencia, exige carácter. Y si los jugadores siguen actuando como si estuvieran en partidos de preparación, entonces el camino en el Mundial será corto y decepcionante. La victoria contra Corea debe ser tomada como advertencia, no como logro. Porque lo que está en juego no es solo un marcador, es la credibilidad de un proyecto, es la confianza de una afición que ya no se conforma con lo mínimo.

En conclusión, México ganó, pero no convenció. El estilo tricolor sigue siendo una incógnita, un discurso vacío que no se traduce en la cancha. Yo digo que no hay nada que celebrar aún. Seguiremos esperando ese estilo prometido, porque hasta ahora no lo hemos visto. Y mientras tanto, cada partido será una prueba más de que el fútbol mexicano necesita definirse, necesita dejar de jugar como si todo fuera un amistoso y empezar a demostrar que está listo para competir en serio.

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