Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La escena cotidiana de Villa Cuauhtémoc, en Otzolotepec, revela mucho más que un simple tianguis de jueves. Bajo la lona amarilla y entre el humo del carbón encendido, se construye un espacio de identidad comunitaria que trasciende la venta de tacos. Lo que parece un negocio familiar de veinte personas, entre cocineros, meseros y encargados de limpieza, se convierte en un símbolo de resistencia cultural frente a la modernidad que amenaza con diluir las tradiciones. Aquí no solo se sirve carne asada en tortillas, aquí se preserva la memoria colectiva de generaciones que han hecho de este ritual gastronómico un punto de encuentro social.

La política estatal mexiquense debería observar con atención este tipo de prácticas. Mientras se discuten reformas, presupuestos y programas sociales, la vida real de las comunidades se sostiene en espacios como el tianguis de Villa Cuauhtémoc. Yo Pregunto, ¿Qué sentido tiene hablar de desarrollo económico si no se reconoce la importancia de estas dinámicas locales que generan empleo, cohesión social y tradición? El Estado de México no puede reducir su visión a cifras macroeconómicas, debe mirar también hacia los rincones donde la cultura popular se convierte en motor de identidad.

El relato de Rosa María, vecina de Santa María Tetitla, que recuerda acompañar a su abuela a comprar tacos después del mandado, refleja cómo las costumbres se transmiten de generación en generación. Esa transmisión cultural es tan valiosa como cualquier política pública. Yo Pregunto, ¿No deberían las autoridades estatales fortalecer estos espacios en lugar de dejarlos a la deriva de la informalidad? La plaza, el tianguis y los tacos son parte de un tejido social que sostiene la vida comunitaria y que, sin apoyo, corre el riesgo de perderse en la vorágine de la modernidad.

El tianguis cumplió 208 años el pasado 25 de enero, lo que lo convierte en uno de los más antiguos de la región. Esa cifra no es menor: significa que durante más de dos siglos las familias han encontrado en este espacio un lugar para comerciar, convivir y reforzar lazos. La política estatal debería reconocer que la tradición también es un activo económico y cultural. No se trata solo de preservar la nostalgia, sino de entender que estas prácticas generan ingresos, empleo y sentido de pertenencia. Yo Pregunto, ¿Qué proyecto político puede presumir de éxito si no logra proteger y potenciar estas raíces comunitarias?

La venta de tacos en Villa Cuauhtémoc es más que un negocio: es un símbolo de identidad mexiquense. Los recuerdos de Cecilia, que asocia los tacos con su juventud y los primeros noviazgos, muestran cómo la comida se convierte en memoria afectiva. Esa memoria es parte de la historia del Estado de México y debería ser reconocida como patrimonio cultural vivo. La política estatal no puede limitarse a discursos abstractos, debe aterrizar en la realidad de las comunidades, en los espacios donde la tradición se convierte en sustento y en identidad.

En conclusión, la plaza de Villa Cuauhtémoc y sus tacos son un espejo de lo que significa ser mexiquense: tradición, familia, comunidad y resistencia cultural. La política estatal tiene la obligación de mirar hacia estos espacios y reconocer que ahí se juega la verdadera cohesión social. No basta con hablar de progreso si se ignoran las raíces que sostienen a las comunidades. El humo del carbón y el aroma de la carne asada son más que un antojo: son la memoria viva de un pueblo que exige ser escuchado y respetado.

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