De: MARVIN WILLIAMS.

En Santa Fe, Nuevo México, miles de personas se reúnen cada año para quemar a Zozobra: un muñeco de quince metros de altura relleno de sus preocupaciones, cuentas y remordimientos. Gritan: «¡Quémenlo!», con la esperanza de que las llamas devoren sus ansiedades y problemas, y reinicien sus vidas. El ritual refleja un profundo anhelo humano de ser limpiados del miedo, la vergüenza y el fracaso. Es dramático, pero inútil. El fuego puede destruir papel, pero no la culpa; consumir cenizas, pero no la vergüenza.

Pablo escribió: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo» (Colosenses 2:8). Les recordó a sus lectores que no debían cambiar a Jesús por sustitutos vacíos, y explicó la razón: Cristo es la «imagen del Dios invisible» (1:15), supremo sobre la creación (1:16), y victorioso sobre «todo principado y potestad» (v. 10). Gracias a su muerte y resurrección, estamos plenamente vivos y perdonados por Él (v. 13). Los rituales humanos y las ceremonias culturales pueden cautivar a una multitud, pero solo Jesús puede romper el dominio del pecado para siempre.

Entreguemos nuestras cargas solo a Cristo, el único que nos libera de la cautividad y nos llena de esperanza.

REFLEXIÓN:

¿Cómo pueden los rituales humanos ser sustitutos peligrosos de Cristo? ¿De qué manera nos ofrece Él liberarnos de ellos?

#YoDigoYoPregunto

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