Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
El empleo formal en el Estado de México enfrenta una paradoja que desnuda la fragilidad del sistema laboral: estar registrado ante el IMSS no garantiza un ingreso suficiente para vivir con dignidad. Seis de cada diez trabajadores formales perciben menos de 14 mil 400 pesos mensuales, cifra que se ha establecido como referencia de un salario digno en 2026. Este dato revela que la formalidad, lejos de ser sinónimo de estabilidad, se ha convertido en un espejismo que oculta la precariedad detrás de la nómina.
El Termómetro Salarial 2026 de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza muestra que de los 2.1 millones de trabajadores formales en la entidad, alrededor de 1.2 millones están por debajo de ese umbral. La clasificación es contundente: salario de pobreza, cuando no alcanza para cubrir dos canastas básicas; salario de sobrevivencia, cuando supera ese costo pero no llega al nivel digno; y salario digno, a partir de los 14 mil 400 pesos. En el Estado de México, 57.7% de los trabajadores se ubica en la sobrevivencia y 2.3% en la pobreza, mientras que apenas 40% logra superar la barrera.
La comparación nacional tampoco favorece a la entidad. Mientras que en promedio 52% de los trabajadores formales en el país no alcanza el salario digno, en el Estado de México la proporción asciende a 60%. Por número absoluto, ocupa el segundo lugar nacional, solo detrás de la Ciudad de México, y por encima de estados como Jalisco, Nuevo León y Guanajuato. Además, forma parte de las 16 entidades donde al menos seis de cada diez trabajadores formales no logran ingresos suficientes. Guerrero y Sinaloa encabezan la lista con 67%, seguidos por Durango, Oaxaca, Nayarit y Tabasco con 66%.
Yo Pregunto, ¿Cómo puede sostenerse un sistema laboral que presume formalidad pero condena a la mayoría de sus trabajadores a sobrevivir con ingresos insuficientes? La respuesta no es sencilla, pero el problema es evidente: la formalidad no garantiza bienestar. El umbral de 14 mil 400 pesos mensuales, aunque se considera digno, no cubre las necesidades reales de una familia. Acción Ciudadana Frente a la Pobreza estima que un hogar de cuatro integrantes requiere alrededor de 28 mil 800 pesos mensuales para alcanzar una “canasta de vida digna”. El supuesto de que dos integrantes del hogar generan ingresos laborales no se cumple en todos los casos, pues la ENIGH 2024 señala que en promedio los hogares mexiquenses tienen 3.48 integrantes y apenas 1.68 personas ocupadas.
La consecuencia es clara: incluso quienes superan individualmente los 14 mil 400 pesos no garantizan que su hogar alcance el nivel de vida digno. La brecha entre lo que se percibe y lo que se necesita erosiona la confianza en las instituciones y profundiza la desigualdad. El trabajador formal, que debería ser el motor del consumo interno, se convierte en un actor limitado por la insuficiencia de sus ingresos. Menos capacidad de compra significa menor dinamismo económico, y el círculo vicioso se repite: bajos salarios, bajo consumo, bajo crecimiento.
Yo Pregunto, ¿Qué sentido tiene hablar de desarrollo económico si la mayoría de los trabajadores formales apenas sobrevive? La propuesta de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza apunta hacia un camino: mantener los incrementos al salario mínimo hasta alcanzar en 2030 el equivalente a 2.5 canastas básicas. También plantea reducir las retenciones de ISR e IMSS para quienes ganan hasta 14 mil 400 pesos mensuales, e incluso establecer un esquema conjunto para facilitar la incorporación de trabajadores por cuenta propia y propietarios de micronegocios a la formalidad.
Estas medidas buscan aliviar la carga de quienes hoy sostienen la economía desde la precariedad. Sin embargo, la discusión no debe limitarse a ajustes técnicos. Se requiere un replanteamiento profundo del modelo laboral, donde la formalidad sea sinónimo de estabilidad, justicia y respeto. El Estado de México, con su peso demográfico y económico, no puede seguir siendo un territorio donde la mayoría de los trabajadores formales vive en condiciones de sobrevivencia. La dignidad laboral no puede ser una aspiración lejana, debe convertirse en una realidad tangible.
El reto es monumental, pero ineludible. La economía no puede presumir crecimiento mientras la mayoría de sus trabajadores carece de ingresos suficientes. La formalidad debe dejar de ser un registro burocrático y transformarse en garantía de bienestar. Solo así se podrá hablar de un verdadero desarrollo, donde el trabajo formal sea el camino hacia una vida digna y no una etiqueta vacía que oculta la precariedad.
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