Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

Una riada es mucho más que una simple inundación; es una fuerza súbita, violenta y devastadora que combina agua, rocas y sedimentos en una corriente capaz de arrasar todo lo que encuentra a su paso. En Nepal, este fenómeno volvió a mostrar su poder destructivo al desprender parte de las montañas y convertir los ríos en torrentes de concreto líquido. La Organización Meteorológica Mundial advierte que las riadas son difíciles de predecir, y esa incertidumbre las convierte en una amenaza constante para las comunidades que viven cerca de cauces naturales. Yo Pregunto, ¿Qué tan preparados estamos para enfrentar un fenómeno que no da aviso y que en cuestión de minutos puede borrar pueblos enteros del mapa?

El desastre en Nepal no fue solo una tragedia natural, fue también un reflejo de la vulnerabilidad humana frente al cambio climático y la falta de prevención. Las lluvias intensas y el deshielo acelerado de los glaciares crearon las condiciones perfectas para que la montaña se desgajara y liberara una masa de agua y lodo que arrasó con edificios, caminos y vidas. La crítica constructiva apunta a que los gobiernos locales y las instituciones internacionales deben dejar de tratar estos eventos como excepciones y comenzar a verlos como parte de una nueva normalidad climática. Las riadas no son accidentes, son consecuencias.

El impacto de una riada no se mide solo en pérdidas materiales, sino en el trauma colectivo que deja. Las familias pierden hogares, los pueblos pierden identidad y las autoridades pierden credibilidad cuando la respuesta llega tarde o mal organizada. En Nepal, los equipos de rescate enfrentaron dificultades para acceder a las zonas afectadas, y la falta de infraestructura adecuada agravó la tragedia. Yo Pregunto, ¿Cuántas veces más deberá repetirse este escenario para que la prevención deje de ser una palabra vacía y se convierta en política pública efectiva?

El fenómeno también plantea una reflexión global. Las riadas ocurren en Asia, América y Europa, y todas comparten un mismo patrón: la combinación de lluvias extremas, deforestación y ocupación desordenada del territorio. La naturaleza no distingue fronteras, pero los gobiernos sí, y esa fragmentación impide una respuesta coordinada. La crítica debe ser clara: mientras los discursos sobre sostenibilidad se multiplican, las acciones concretas siguen siendo insuficientes. La ciencia advierte, pero la política reacciona tarde.

La riada en Nepal es una advertencia que no debería pasar desapercibida. Es el recordatorio de que la tierra tiene memoria y responde con fuerza cuando se le exige más de lo que puede soportar. Las comunidades necesitan sistemas de alerta temprana, infraestructura resistente y educación ambiental que les permita entender los riesgos. No se trata de temerle a la naturaleza, sino de respetarla y convivir con ella. La tragedia no fue inevitable, fue consecuencia de la indiferencia y la falta de previsión. La crítica constructiva exige que los gobiernos actúen con responsabilidad y que la cooperación internacional deje de ser retórica. Yo Pregunto, ¿Qué más debe arrasar una riada para que entendamos que la prevención no es un lujo, sino una necesidad urgente?

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