Sobre El Camino.

Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.

¿No estamos ya, mexicanos y mexicanas, hasta la madre de tanta basura política? Disculpen mis expresiones: me explico.

De derecha o de izquierda, oficialistas u opositores, demasiados políticos han convertido la vida pública en un teatro donde todos gritan, todos acusan y casi nadie escucha. Se disputan el territorio, el poder y la narrativa, pero han perdido algo mucho más importante: la legitimidad ante un pueblo que dejó de creerles.

México, Sinaloa y el resto del país viven una paradoja necrótica muy dolorosa: mientras la violencia sigue cobrando vidas, mientras familias enteras viven con miedo y mientras millones esperan simplemente un mañana menos cruel, la clase política continúa atrapada en una guerra de declaraciones.

Unos dicen que los culpables son los otros. Los otros responden que los culpables son aquellos. Y en medio queda el ciudadano. A mi juicio. Solo.

Tuve que elevar mi criterio con una parábola (Kirkeriana) que parece escrita para nuestro tiempo: un teatro se incendia y un payaso sale a advertir al público. Nadie le cree. Todos ríen. Cuanto más desesperadamente intenta explicar que el fuego es real, más carcajadas provoca.

Ese es el drama contemporáneo de la política mexicana. El problema ya no es solamente lo que dicen los políticos. Es que nadie les cree cuando dicen la verdad.

La derecha acusa a la izquierda. La izquierda acusa a la derecha. El oficialismo habla de transformación; la oposición habla de desastre. Unos invocan al pueblo mientras gobiernan desde las alturas. Otros prometen rescatarlo mientras cargan con sus propias ruinas y utopías.

Y el ciudadano observa. Observa cómo se pelean por la interpretación de la tragedia, mientras la tragedia sigue ocurriendo.

La violencia no pregunta por colores partidistas. El miedo no milita en una sigla política. Una madre que pierde a un hijo no necesita saber quién ganó el debate parlamentario. Necesita saber por qué su hijo no regresó a casa.

Ese es el punto que la política parece haber olvidado: detrás de cada estadística existe un nombre, detrás de cada nombre existe una familia y detrás de cada familia existe una historia que merece ser escuchada.

Sinaloa conoce demasiado bien esa historia.

Por eso resulta peligroso que la política se convierta en espectáculo. Porque cuando el ciudadano ha escuchado tantas promesas incumplidas, tantas verdades a medias y tantas explicaciones contradictorias, puede llegar el día en que tampoco crea la advertencia cuando el incendio sea verdadero.

No se trata de defender a la derecha ni de absolver a la izquierda. Tampoco de convertir al oficialismo en demonio ni a la oposición en salvadora. Se trata de algo mucho más incómodo: mirarnos al espejo.

Porque el deterioro de la política no solamente es responsabilidad de quienes gobiernan. También es consecuencia de una sociedad que, cansada de la mentira, puede terminar normalizando el cinismo.

GOTITAS DE AGUA:

El gran peligro no es que existan políticos convertidos en bufones. El verdadero peligro es que el pueblo termine acostumbrándose a vivir dentro del teatro mientras arde el edificio.

Pero para apagar el incendio se necesita algo que hoy escasea más que el discurso: credibilidad, humanidad y verdad. Porque cuando llegue el fuego de verdad, no habrá izquierda ni derecha que pueda apagarlo con propaganda. Y quizá entonces descubramos, demasiado tarde, que el payaso no estaba haciendo un chiste.

El que entendió, entendió.

Mientras tanto, el vacío de poder continúa carcomiendo nuestra entidad sinaloense.

“Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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