Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La FIFA atraviesa uno de los momentos más tensos de su historia reciente. Desde que Gianni Infantino asumió la presidencia en 2016, las decisiones tomadas bajo su gestión han sido señaladas no como simples polémicas, sino como actos de corrupción que han debilitado la credibilidad de la institución. Hoy, en pleno Mundial 2026, la UEFA se enfrenta a un dilema que no puede seguir postergando: reemplazar a Infantino no es solo una cuestión de liderazgo, es una necesidad para rescatar la legitimidad del fútbol internacional. La sombra de favoritismos, especialmente hacia selecciones como la de Argentina, ha encendido alarmas en un escenario donde la transparencia debería ser la regla y no la excepción.

El fútbol, más que un deporte, es una industria global que mueve miles de millones de dólares, genera empleos y construye identidades nacionales. Por ello, la corrupción en su máxima instancia de gobierno no es un asunto menor. Infantino ha sido acusado de utilizar su posición para favorecer intereses particulares, otorgando privilegios a lo que algunos llaman las “princesitas de la FIFA”, con Argentina como ejemplo más visible. La percepción de que ciertas selecciones reciben beneficios desproporcionados erosiona la confianza de aficionados, patrocinadores y federaciones. En un mercado tan competitivo, la credibilidad es un activo económico que, una vez perdido, cuesta décadas recuperar.

La UEFA, como organismo rector del fútbol europeo, no puede permanecer indiferente. Su papel es clave porque representa a las federaciones más poderosas y a los clubes con mayor influencia económica. Si decide impulsar un reemplazo de Infantino, no será solo un movimiento político, será un mensaje contundente de que el fútbol no puede seguir siendo rehén de intereses personales. La crítica constructiva aquí es clara: no basta con denunciar, hay que actuar. La pasividad institucional es cómplice de la corrupción, y el silencio prolongado se convierte en legitimación de prácticas que dañan al deporte.

El favoritismo hacia Argentina, más allá de los méritos deportivos que nadie niega, se percibe como una estrategia de Infantino para consolidar alianzas políticas y económicas. El problema no es que Argentina gane, el problema es que se sospeche que gana con ventajas otorgadas desde la cúpula. Esa percepción, aunque no siempre comprobada en tribunales, tiene un costo enorme: debilita la confianza en los torneos, resta valor a los títulos y convierte cada victoria en motivo de sospecha. El fútbol pierde su esencia cuando la justicia deportiva se ve contaminada por la manipulación institucional.

La economía del fútbol depende de la credibilidad. Los patrocinadores invierten porque confían en que el espectáculo es limpio, los aficionados pagan entradas porque creen en la emoción genuina de la competencia, las federaciones participan porque esperan reglas claras. Cuando la corrupción se instala en la FIFA, todo ese sistema se tambalea. La UEFA, al plantear un reemplazo de Infantino, no solo defiende principios éticos, defiende también la estabilidad económica de la industria. La transparencia es rentable, la corrupción es costosa. Esa es la ecuación que debe guiar cualquier decisión.

El Mundial 2026, que debería ser una celebración global, se ha convertido en un escenario de tensiones políticas y cuestionamientos éticos. La insistencia en favorecer a ciertas selecciones, la opacidad en la toma de decisiones y la falta de rendición de cuentas son síntomas de un modelo agotado. La crítica no busca destruir, busca reconstruir. El fútbol necesita instituciones que respondan a los valores de igualdad, mérito y justicia, no a los caprichos de un dirigente. Infantino ha demostrado que su gestión está marcada por intereses personales, y la UEFA tiene la oportunidad de marcar un punto de inflexión.

En conclusión, el futuro del fútbol internacional depende de decisiones valientes. Reemplazar a Gianni Infantino no es un acto de revancha, es un acto de responsabilidad. La corrupción no puede seguir disfrazándose de polémica, debe llamarse por su nombre y enfrentarse con acciones concretas. La UEFA tiene en sus manos la posibilidad de rescatar la credibilidad del deporte más popular del planeta. Si lo hace, enviará un mensaje claro: el fútbol pertenece a la gente, no a los intereses privados. Y en ese mensaje está la esperanza de que el Mundial vuelva a ser lo que siempre debió ser: una fiesta de competencia justa, sin favoritismos ni manipulaciones.

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