Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
Envidia, sí, porque mientras muchos preparan maletas y agendas para disfrutar de las próximas vacaciones, nosotros seguimos laborando, observando cómo se echa a andar un operativo que promete seguridad y tranquilidad. Se anuncia con cifras contundentes: mil sesenta y ocho cámaras de videovigilancia, cien unidades móviles, drones, torres de vigilancia y centros de atención. El despliegue impresiona, pero la pregunta de fondo es inevitable: ¿Servirá realmente para garantizar un saldo blanco en accidentes y eventualidades, o quedará en la estadística de lo anunciado y no de lo cumplido?
La ciudadanía espera que estas cámaras no sean simples testigos mudos de anomalías, sino herramientas activas para detectar y resolver problemas en tiempo real. Una cámara que solo graba sin que nadie actúe es un adorno tecnológico, no un instrumento de prevención. La utilidad se mide en la capacidad de reacción, en la rapidez con que se atiende un incidente, en la transparencia con que se maneja la información. De nada sirve presumir miles de ojos electrónicos si detrás de ellos no hay voluntad ni eficacia.
Los drones, por su parte, deben ser aliados de la protección ciudadana, no instrumentos de espionaje disfrazados de seguridad. La tecnología aérea puede salvar vidas, apoyar rescates, vigilar zonas de difícil acceso, pero también puede convertirse en un símbolo de desconfianza si se usa para invadir la privacidad o para aparentar un control que no se traduce en beneficio real. La diferencia está en la intención y en la ética de quienes los operan. La vigilancia legítima protege, la vigilancia abusiva intimida.
Las torres de vigilancia representan otro reto. No deben convertirse en refugios de descanso para quienes las ocupan, sino en puntos estratégicos de observación activa. Una torre sin vigilancia efectiva es un monumento vacío, un gasto inútil. La presencia física debe ser garantía de alerta constante, de prevención, de respuesta inmediata. Dormir en una torre es traicionar la confianza de quienes esperan seguridad en las calles.
Los centros de atención, finalmente, son el corazón del operativo. Allí se mide la verdadera capacidad institucional: atender con legalidad, justicia y sin corrupción. La ciudadanía no puede esperar a que los titulares lleguen para que se resuelva un problema. La atención debe ser inmediata, profesional, incorruptible. Cada minuto de demora puede significar una tragedia. La confianza se construye con hechos, no con discursos.
Este operativo de vacaciones es una oportunidad para demostrar que la tecnología y los recursos humanos pueden trabajar en favor de la sociedad. No basta con desplegar cifras y equipos; se requiere compromiso, disciplina y ética. La seguridad no se presume, se ejerce. La vigilancia no se anuncia, se practica. La protección no se promete, se cumple.
La crítica constructiva es clara: que las cámaras vigilen de verdad, que los drones protejan sin invadir, que las torres sean puntos de alerta y no de descanso, que los centros de atención funcionen con justicia y eficacia. Solo así podremos hablar de un operativo que trasciende la propaganda y se convierte en garantía de tranquilidad. La ciudadanía no pide milagros, pide responsabilidad. Y en estas vacaciones, la responsabilidad debe ser la mejor inversión.
Porque al final, lo que se espera es sencillo y contundente: que el saldo sea blanco, que las vacaciones se vivan sin tragedias, que la seguridad sea real y no un discurso. Ese es el reto, y esa es la exigencia. Nosotros seguiremos laborando, observando, señalando, porque la vigilancia también es nuestra tarea, y la crítica es parte de la construcción de una sociedad más segura y más justa.
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