
Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
De una vez les decimos y les recordamos: ni cancelando sus retenes crean o piensen que se nos va a olvidar. Las injustas y horribles muertes de inmigrantes no se borran con anuncios ni con cambios de estrategia. Se presume el récord de arrestos como si fuera un logro, pero ¿Su récord de muertes cuál es en realidad? Esa es la pregunta incómoda, la que no aparece en los informes, la que se oculta detrás de cifras que buscan maquillar la tragedia. Porque cuando se trata de vidas humanas, no hay estadística que justifique la indiferencia.
El contraste es brutal. Si un norteamericano fuera asesinado, el grito al cielo sería inmediato, la exigencia de justicia se escucharía en cada rincón, los recursos se movilizarían sin demora. Pero cuando las víctimas son inmigrantes, cuando son nuestros compatriotas o hermanos latinoamericanos, la respuesta es silencio, burocracia y olvido. Esa doble vara desnuda la hipocresía de un sistema que presume eficacia en arrestos, pero calla frente a la tragedia de quienes buscan sobrevivir cruzando fronteras. La justicia que nos deben por las muertes de nuestras gentes, ¿Cuándo llegará?
La crítica constructiva es clara: no basta con cancelar retenes ni con presumir cifras de detenciones. Se requiere un cambio profundo en la manera de entender la migración y en la forma de aplicar la ley. Los retenes se han convertido en trampas mortales, en espacios donde la vulnerabilidad se multiplica y la dignidad se pierde. Cancelarlos puede ser un gesto, pero no es suficiente si no se acompaña de políticas reales de protección, de respeto a los derechos humanos y de atención inmediata a quienes se encuentran en riesgo. La memoria de las muertes no se borra con decretos, se honra con acciones que eviten que se repitan.
El récord de arrestos que ICE presume es, en realidad, un récord de sufrimiento. Cada cifra representa una historia interrumpida, un sueño roto, una familia desgarrada. Mientras se celebra la eficacia de los operativos, se ignora el costo humano que se acumula en silencio. La justicia no puede ser selectiva, no puede depender de la nacionalidad de la víctima, no puede ser un privilegio reservado para unos y negado a otros. La justicia debe ser universal, porque la vida lo es.
La exigencia es sencilla y contundente: reconocer las muertes, asumir la responsabilidad y garantizar que no se repitan. No se trata de borrar retenes, se trata de transformar la lógica que los sustenta. Se trata de entender que la migración no es un delito, sino una consecuencia de desigualdades que empujan a miles a buscar un futuro distinto. Se trata de poner la dignidad humana en el centro, de dejar de ver a los migrantes como cifras y empezar a verlos como personas.
Ni cancelando retenes se borran las muertes injustas. La memoria es más fuerte que el olvido, y la exigencia de justicia no se apaga con discursos. La pregunta sigue ahí, incómoda, urgente, necesaria: ¿La justicia que nos deben por las muertes de nuestras gentes, cuándo? Mientras no haya respuesta, mientras no haya acciones concretas, mientras no haya un compromiso real, seguiremos recordando, señalando y exigiendo. Porque la vida de un migrante vale tanto como la de cualquier otro ser humano, y porque la justicia no puede ser un privilegio, debe ser un derecho.
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