Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
En México, la infancia se está desdibujando entre el silencio y la impunidad. Miles de niñas entre los 10 y 14 años se convierten en madres cada año, víctimas de una realidad que no debería existir. No es un fenómeno aislado del Estado de México, es una tragedia que atraviesa todo el país. Es el reflejo de una falla institucional profunda, de un sistema que no protege, de familias que callan por miedo o dependencia, y de agresores que se esconden tras la sombra de la impunidad.
La crítica constructiva obliga a mirar este problema sin eufemismos. Las cifras no son solo números, son vidas truncadas. Niñas que deberían estar en la escuela, jugando, soñando, y no enfrentando la maternidad impuesta por la violencia sexual. La mayoría de estos casos no se denuncia porque el agresor aporta dinero para la solvencia familiar, convirtiendo el delito en una “decisión comprometida”. Esa dependencia económica se transforma en una cadena que aprisiona a las víctimas y silencia a las familias.
El sistema institucional, que debería ser el primer escudo de protección, se convierte en un muro de indiferencia. Las denuncias se traspapelan, los expedientes se pierden, y la justicia se vuelve ciega, sorda y muda para las víctimas, pero con los cinco sentidos a favor del culpable. Cuando el agresor huye, las autoridades se paralizan. No hay seguimiento, no hay búsqueda, no hay justicia. Solo queda el vacío y la desesperanza.
El silencio familiar también tiene su raíz en el miedo. Muchas víctimas y sus familias son amenazadas por los agresores, y en algunos casos, ciertas autoridades son compradas para garantizar la impunidad. Así, los casos quedan en “veremos”, y la víctima se enfrenta sola a una decisión desgarradora: continuar con un embarazo producto de la violencia o abortar, arriesgando su vida. Es un escenario triste y decepcionante, donde la injusticia se multiplica y la dignidad se desvanece.
Desde este espacio, YoDigoYoPregunto.com sostiene una postura clara y humana: las víctimas merecen acompañamiento, protección y alternativas reales. Si una niña se encuentra en esa situación, el aborto no debe ser su única salida. La adopción puede ser una opción digna, una oportunidad para preservar la vida y reconstruir el futuro. Pero esa decisión debe ir acompañada de apoyo psicológico, médico y legal, no de abandono institucional.
La crítica no busca señalar sin propósito, sino exigir acción. México necesita políticas efectivas de prevención, educación sexual integral, atención inmediata y justicia sin privilegios. No basta con lamentar, hay que transformar. Cada niña que se convierte en madre por violencia sexual es una prueba de que el Estado ha fallado, y de que la sociedad ha permitido el silencio.
Yo Pregunto: ¿Cuántas vidas más deben romperse para que la justicia despierte? ¿Cuántas niñas más deben cargar con el peso de una maternidad impuesta antes de que las instituciones actúen con responsabilidad? La respuesta no puede seguir escondida entre papeles y excusas. La infancia no se negocia, se protege. Y protegerla es un deber que no admite demora.
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