Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
La guerra en Ucrania ha vuelto a mostrar su rostro más cruel. Veinticinco víctimas más se suman a la lista interminable de muertos tras uno de los peores ataques lanzados desde Rusia. Miles de personas, desesperadas, se refugiaron en estacionamientos subterráneos para sobrevivir a una ofensiva que incluyó 496 drones y 74 misiles disparados en las noches del miércoles y jueves. La magnitud del ataque no solo refleja la capacidad destructiva de la maquinaria bélica, sino también la persistente incapacidad de las partes involucradas para detener un conflicto que parece no tener fin. Yo Digo Yo Pregunto: ¿Quién quiere realmente la guerra y quién quiere la paz? Porque a estas alturas, la verdad es que ya no se sabe.
El hilo narrativo de esta tragedia se repite una y otra vez. Ucrania sufre, Rusia ataca, la comunidad internacional condena, y las víctimas se acumulan. El ciclo se ha convertido en un cuento de nunca acabar, donde las palabras de paz se diluyen frente a los hechos de violencia. La crítica constructiva debe señalar que la guerra no se sostiene únicamente por las armas, sino por la falta de voluntad política para detenerla. Los discursos diplomáticos se llenan de promesas, pero las acciones se traducen en más bombardeos, más desplazados, más vidas truncadas. La incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace es el verdadero enemigo de la paz.
El análisis realista obliga a reconocer que la guerra se ha convertido en un escenario de desgaste, donde las víctimas civiles son las que pagan el precio más alto. Los estacionamientos subterráneos convertidos en refugios improvisados son símbolo de una sociedad que se aferra a la vida en medio del caos. La pregunta es inevitable: ¿Cuánto tiempo más puede resistir una población sometida a ataques constantes? La respuesta no está en los misiles ni en los drones, sino en la capacidad de los líderes para asumir que la paz no es una opción secundaria, sino una necesidad urgente.
La opinión fundamentada apunta a que la guerra se prolonga porque hay intereses que se benefician de ella. La industria armamentista, los cálculos geopolíticos, las disputas territoriales y las narrativas nacionalistas alimentan un conflicto que parece diseñado para no terminar. Sin embargo, la crítica constructiva debe insistir en que ningún interés puede justificar la muerte de inocentes. La comunidad internacional, más allá de condenas verbales, debe asumir un papel activo en la mediación, en la presión diplomática y en la búsqueda de soluciones reales. La pasividad es cómplice del sufrimiento.
La coherencia exige reconocer que la paz no se construye con discursos vacíos, sino con acciones concretas. Los ataques masivos con drones y misiles son prueba de que la guerra sigue siendo prioridad para quienes la dirigen. Pero también son evidencia de que la humanidad está fallando en su capacidad de proteger a los más vulnerables. La crítica no busca señalar culpables únicos, sino evidenciar que la responsabilidad es compartida: Rusia por atacar, Ucrania por resistir sin lograr acuerdos, y el mundo por mirar sin intervenir con la fuerza necesaria.
En conclusión, esto ya es el cuento de nunca acabar. La guerra en Ucrania se ha convertido en un laberinto sin salida, donde las víctimas se multiplican y la paz se diluye. La pregunta sigue abierta: ¿Quién quiere realmente la guerra y quién quiere la paz? Mientras no haya respuestas claras y acciones contundentes, los números seguirán en rojo, no solo en las estadísticas económicas, sino en la sangre derramada de quienes mueren sin entender por qué. La crítica constructiva apunta a que la paz debe dejar de ser un discurso y convertirse en una decisión. Porque la lluvia de misiles no tiene la culpa; la falta de voluntad sí.
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