Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
La muerte de Kenzo, el tigre que fue abatido bajo el argumento de una supuesta lesión nunca especificada, abre una herida profunda en la relación entre sociedad y autoridades. No se trata únicamente de un animal silvestre, se trata de un símbolo de cómo la negligencia, la falta de transparencia y la soberbia institucional pueden terminar en un acto irreversible. La narrativa oficial habló de una “lesión” que jamás fue detallada, un motivo ridículo que se desmorona frente a la evidencia: Kenzo no representaba un peligro inminente que justificara su ejecución. El recurso de los dardos tranquilizantes estaba disponible, pero fue ignorado. ¿Por qué? Porque era más fácil disparar y eliminar que asumir la responsabilidad de actuar con profesionalismo.
La crítica no puede quedarse en la indignación superficial. Aquí lo que se observa es un patrón: cuando las instituciones se enfrentan a un reto, optan por la salida más rápida, aunque sea la más brutal. Kenzo fue convertido en un trofeo, en un blanco que se abatió para demostrar fuerza, no para proteger a nadie. Esa decisión revela una mentalidad peligrosa: la de quienes creen que la vida animal es prescindible, que se puede sacrificar sin consecuencias éticas ni sociales. Pero la sociedad no es ingenua, y las redes sociales ya lo han señalado. En este espacio, vamos más allá: denunciamos que Kenzo fue usado como pretexto para legitimar un acto de violencia innecesaria.
La pregunta que queda flotando es tan incómoda como inevitable: ¿Qué harán ahora con el cuerpo de Kenzo? ¿Lo disecarán para entregarlo como trofeo al responsable de su muerte? ¿Lo ocultarán en algún almacén para que nadie pregunte? La falta de claridad en torno a su destino es tan grave como la decisión de matarlo. La opacidad alimenta la sospecha de que detrás de este acto hay intereses ocultos, quizá la vanidad de un funcionario, quizá la indiferencia de una institución que no entiende el valor de la vida.
La crítica constructiva exige más que señalar culpables: demanda un cambio de paradigma. No podemos seguir aceptando que la respuesta a cualquier situación con fauna silvestre sea la bala. Se requiere capacitación real, protocolos claros, transparencia absoluta y un compromiso ético que coloque la vida en el centro. Kenzo no debía morir, y su muerte debe servir como recordatorio de que la brutalidad disfrazada de autoridad no puede seguir siendo la norma. La sociedad exige respuestas, exige respeto, exige que nunca más un animal sea tratado como un trofeo. La política pública debe aprender de este error, porque la credibilidad se construye con acciones responsables, no con disparos.
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