Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

El primero de julio se cumplieron seis años de la entrada en vigor del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Una fecha que debería celebrarse como un hito de integración económica en Norteamérica, pero que hoy se encuentra marcada por la incertidumbre. Estados Unidos ha manifestado su rechazo a renovar el acuerdo antes de 2024, lo que abre un espacio de tensión política y económica que afecta directamente a México. Según el titular de la Secretaría de Economía, Marcelo Ebrard, este rechazo no implica que alguno de los países pretenda salirse del tratado, pero sí deja claro que la negociación se ha convertido en un terreno de estira y afloje que genera dudas sobre la estabilidad futura.

El T-MEC nació como una actualización del viejo TLCAN, con la promesa de modernizar reglas comerciales y adaptarlas a un mundo más digital y competitivo. Sin embargo, seis años después, la narrativa dominante es la de un socio mayor que busca imponer condiciones y un socio menor que se ve obligado a aceptar ajustes para mantener la relación. México enfrenta revisiones anuales que, aunque forman parte del mecanismo de supervisión, se han transformado en un recordatorio constante de que el acuerdo puede ser cuestionado en cualquier momento. Esa dinámica erosiona la confianza de inversionistas y coloca a nuestro país en una posición de vulnerabilidad.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué Estados Unidos insiste en retrasar la renovación? La respuesta parece estar en su estrategia de control. Al mantener la incertidumbre, Washington conserva un margen de maniobra para presionar en temas sensibles como energía, medio ambiente o derechos laborales. En otras palabras, el tratado se convierte en una herramienta política más que en un instrumento de integración económica. Y México, en lugar de ser considerado un socio estratégico, es tratado como un actor secundario que debe adaptarse a las reglas del vecino del norte.

El discurso oficial intenta tranquilizar, señalando que los diálogos continúan y que Canadá respalda la negociación. Pero la realidad es que la falta de certeza limita la capacidad de México para planear a largo plazo. Las empresas que dependen del comercio trilateral dudan en expandir operaciones, los inversionistas esperan señales claras y el país entero se ve atrapado en un juego de expectativas que nunca se cumplen. La economía mexicana necesita estabilidad, no un tratado que se convierta en rehén de caprichos políticos.

Aquí surge la crítica constructiva: México debe dejar de actuar como un socio complaciente y empezar a ejercer un papel más firme en la mesa de negociación. No se trata de romper con Estados Unidos ni de abandonar el T-MEC, sino de demostrar que nuestra participación no es un favor, sino una necesidad mutua. El comercio trilateral beneficia a los tres países, y cualquier intento de manipularlo en favor de uno solo terminará siendo costoso. Estados Unidos debe entender que retirarse del acuerdo o prolongar indefinidamente su renovación no solo afecta a México, también golpea sus propias cadenas de suministro y encarece sus productos.

La alternativa no es sencilla, pero sí necesaria: diversificar nuestras relaciones comerciales, fortalecer vínculos con Europa, Asia y América Latina, y reducir la dependencia de un solo mercado. Al mismo tiempo, México debe exigir que las revisiones anuales se conviertan en evaluaciones constructivas, no en amenazas veladas. La negociación debe basarse en empatía y accesibilidad, no en excusas ni pretextos. Solo así el T-MEC podrá cumplir su propósito original: ser un motor de crecimiento compartido.

Seis años después, el tratado enfrenta su prueba más difícil. La incertidumbre no puede seguir siendo la norma. México tiene que dejar claro que no está dispuesto a seguir chiqueando las niñerías de Estados Unidos, porque un acuerdo comercial no se sostiene con imposiciones, sino con respeto mutuo. Si Washington decide tensar la cuerda hasta romperla, será él quien pague el precio más alto. Y cuando regrese, como inevitablemente lo hará, deberá aceptar que las condiciones ya no las dicta solo, sino que se construyen en conjunto con México y Canadá. Esa es la verdadera lección que debemos impulsar: un tratado no es un instrumento de control, sino un compromiso de cooperación.

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