Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
De esta desgracia, no nos interesa quién lleva el primer lugar, pero sí nos duele reconocer que nuestro país, México, se lleva el segundo. Y no es por falta de talento, ni por carencia de recursos, sino por una profunda indiferencia hacia la vida que compartimos con otras especies. No se trata solo de cazar animales como trofeo, sino de una parte de la ciudadanía que actúa con una crueldad normalizada, disfrazada de tradición, diversión o ciencia. Esa parte que aplaude las corridas de toros como si fueran arte, cuando en realidad son un espectáculo de tortura. Si el arte se mide por la emoción que provoca, entonces debería considerarse arte cuando el toro cornea y mata al torero, porque ahí se invierte la injusticia y se revela la verdad: el animal no es el monstruo, el monstruo somos nosotros.
México carga con una contradicción dolorosa. Somos un país que presume su amor por la naturaleza, que celebra su biodiversidad, pero que al mismo tiempo permite que miles de animales sean asesinados, abandonados o utilizados como objetos. Las corridas de toros siguen siendo defendidas por quienes las llaman “tradición”, como si la costumbre justificara la barbarie. Y cuando un perro es atropellado, golpeado o dejado morir, la frase infantil y cruel aparece: “Es solo un perro”. Esa frase resume una mentalidad que deshumaniza, que niega empatía, que convierte la vida en algo desechable.
La crítica constructiva debe ser firme: no podemos seguir tolerando la violencia disfrazada de cultura. Las corridas de toros no son arte, son tortura pública. La caza deportiva no es pasión, es asesinato con aplausos. Y los experimentos con animales, bajo el argumento del “bien de la salud humana”, son una muestra de hipocresía científica. Si tanto se defiende la idea de que el sufrimiento animal es necesario para el progreso, entonces que los laboratorios usen a sus propias familias para esos absurdos trabajos. Porque el dolor no se justifica con el avance, y la vida no se mide por su utilidad para el ser humano.
México necesita una reflexión profunda sobre su relación con los animales. No basta con leyes que se quedan en papel, ni con campañas que duran lo que una moda. Se requiere educación, conciencia y empatía. Los animales no son objetos, son seres vivos con derecho a existir sin ser torturados ni explotados. La sociedad mexicana debe dejar de mirar hacia otro lado, debe asumir que la violencia contra los animales es también violencia contra nosotros mismos. Un país que maltrata a sus animales no puede llamarse civilizado, porque la civilización se mide por la capacidad de proteger a los más indefensos.
La realidad es que seguimos ocupando un lugar vergonzoso en el mundo por nuestra indiferencia ante el sufrimiento animal. No es un ranking que se celebre, es una vergüenza que debería doler. Y mientras haya quienes se diviertan viendo morir a un toro, quienes abandonen a un perro en la calle, o quienes justifiquen la experimentación con seres vivos, México seguirá siendo un país que no ha aprendido a respetar la vida.
La crítica no busca destruir, busca despertar. Porque aún hay tiempo para cambiar, para educar, para construir una sociedad que entienda que la vida no tiene jerarquías. Los animales no son inferiores, son compañeros de existencia. Y si queremos dejar de ocupar ese segundo lugar en la desgracia, debemos empezar por reconocer que la crueldad no es cultura, que la indiferencia no es progreso y que la empatía no es debilidad, sino evolución.
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