Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La historia nos recuerda que las potencias mundiales siempre han sabido aprovechar las debilidades de sus rivales. La frase “divide y vencerás” no es un simple adagio, es una estrategia que ha marcado siglos de política internacional. Hoy, cuando observamos a Estados Unidos, la nación que se autoproclama líder del mundo libre, vemos un escenario interno desgastado, polarizado y con un estado de ánimo colectivo por los suelos. Y es legítimo preguntarnos: ¿Les conviene a los demás países que Estados Unidos se fragmente, que se despedace en luchas internas? La respuesta, aunque incómoda, es sí. Porque cada fisura en la estructura estadounidense abre espacio para que otras potencias avancen, para que el equilibrio global se reconfigure y para que los discursos de supremacía se conviertan en ecos debilitados.

Donald Trump, con su estilo estridente y su voz que muchos califican como de “ganado”, intenta proyectar fuerza y control. Sin embargo, la realidad es otra: las promesas se acumulan en papel, las palabras se repiten en mítines, pero los resultados tangibles se diluyen. La desigualdad sigue creciendo, las comunidades marginadas continúan sin acceso a oportunidades y el sueño americano se convierte cada vez más en un espejismo. Mientras tanto, las potencias observan, calculan y esperan. Europa, China, Rusia y otros actores globales saben que un Estados Unidos dividido es un Estados Unidos debilitado, y en esa debilidad se abre la posibilidad de imponer agendas propias, de ganar terreno en comercio, en tecnología, en influencia política.

El problema no es solo Trump ni sus discursos, el problema es estructural. Estados Unidos enfrenta una crisis de confianza interna, una fractura social que se refleja en la política, en la economía y en la vida cotidiana. Las promesas de prosperidad no alcanzan a todos, los beneficios se concentran en unos cuantos, y la brecha entre ricos y pobres se amplía sin freno. Esa desigualdad es el verdadero talón de Aquiles de la potencia norteamericana, y es ahí donde la estrategia del “divide y vencerás” encuentra terreno fértil. Porque un país que no logra cohesión interna difícilmente puede sostener liderazgo externo.

Los demás países, que se autodenominan del primer mundo, juegan con esa realidad. No necesitan confrontar directamente a Estados Unidos, basta con esperar a que las tensiones internas hagan su trabajo. Un Estados Unidos debilitado abre espacio para nuevas alianzas, para que otras naciones se presenten como alternativas de estabilidad y progreso. La competencia global no se libra únicamente en los campos de batalla o en las mesas de negociación, también se libra en la percepción de quién tiene la capacidad de ofrecer un futuro viable. Y hoy, Estados Unidos proyecta más incertidumbre que certeza.

La crítica constructiva hacia este escenario debe ser clara: Estados Unidos necesita reconstruir su tejido social, necesita atender la desigualdad, necesita recuperar la confianza de sus ciudadanos. De lo contrario, seguirá siendo un gigante con pies de barro, vulnerable a las estrategias de quienes esperan su caída. La política exterior puede intentar mostrar fortaleza, pero si la política interna se desmorona, el liderazgo global se convierte en un espejismo. Y los demás países, lejos de lamentarlo, lo aprovecharán.

La pregunta que debemos hacernos es qué significa para el mundo un Estados Unidos dividido. Significa un reacomodo de fuerzas, significa que las potencias emergentes tendrán más espacio para imponer sus reglas, significa que el orden internacional puede cambiar de manera acelerada. Pero también significa que los ciudadanos estadounidenses seguirán atrapados en un sistema que no responde a sus necesidades, que los discursos seguirán siendo más fuertes que las acciones y que la desigualdad continuará marcando el rumbo de la nación.

Hoy, la realidad es contundente: Estados Unidos enfrenta una crisis interna que no puede ocultar con discursos. Y mientras tanto, el mundo observa, calcula y espera. Porque en la política internacional, las debilidades de unos son las oportunidades de otros. Y la frase “divide y vencerás” sigue siendo tan vigente como siempre.

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