Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

El Mundial de Futbol 2026 se acerca y, con él, la expectativa de un impacto económico que transformará regiones clave del país. El Estado de México, por su ubicación estratégica y su peso demográfico, se perfila como uno de los territorios más involucrados en la dinámica que traerá consigo la afluencia de turistas, la expansión de servicios y la necesidad de infraestructura. Sin embargo, más allá de la euforia deportiva, surge una exigencia que no puede ser ignorada: promover empleos formales, garantizar sueldos justos y evitar que las prestaciones se conviertan en promesas vacías o “marca patito” que nunca se cumplen.

La experiencia de otros eventos internacionales demuestra que la generación de empleo suele ser inmediata, pero no siempre sostenible ni justa. En el Estado de México, donde la informalidad laboral es una realidad que afecta a más de la mitad de la población ocupada, el Mundial representa una oportunidad para revertir esa tendencia. No se trata de abrir vacantes temporales que desaparezcan al terminar el torneo, sino de consolidar plazas que fortalezcan sectores como hotelería, transporte, comercio y logística. La formalidad no puede ser un lujo, debe ser la base de cualquier estrategia laboral que acompañe al evento.

El concepto de empleo formal implica mucho más que un contrato firmado. Significa acceso a seguridad social, vacaciones pagadas, aguinaldo, seguro médico y aportaciones para el retiro. En un contexto donde abundan las simulaciones, es indispensable que las autoridades estatales y federales vigilen que las empresas cumplan con la ley y que los trabajadores no sean víctimas de engaños disfrazados de beneficios. Las llamadas “prestaciones patito” son un reflejo de la precariedad: se anuncian en papel, pero nunca llegan a materializarse en la vida cotidiana de los empleados. El Mundial no puede ser recordado como un escaparate de explotación laboral, sino como un punto de inflexión hacia la dignidad en el trabajo.

El tema de los sueldos justos es igualmente crucial. El evento atraerá divisas, incrementará tarifas de hospedaje y elevará el consumo en restaurantes y comercios. Si los precios se disparan, los salarios no pueden permanecer estancados. La lógica es clara: si el Mundial genera ganancias extraordinarias, los trabajadores deben recibir una retribución proporcional. De lo contrario, se perpetúa la desigualdad: turistas pagando cifras récord y empleados sobreviviendo con ingresos mínimos. La justicia laboral exige que el beneficio económico se distribuya de manera equitativa, y no que se concentre en los márgenes de utilidad de las grandes cadenas.

El Estado de México tiene la responsabilidad de colocar este debate en el centro de la agenda pública. No basta con presumir la llegada de inversiones o la construcción de infraestructura; se requiere garantizar que los empleos generados sean dignos y permanentes. La vigilancia institucional debe ser rigurosa, y la sociedad civil debe mantenerse alerta para denunciar cualquier intento de precarización. El Mundial será observado por la comunidad internacional, y la reputación del país está en juego tanto como la experiencia de los aficionados.

Los trabajadores del Estado de México serán protagonistas invisibles del espectáculo. Son ellos quienes atenderán hoteles, conducirán transportes, servirán alimentos y garantizarán la logística de un evento que mueve millones de personas. Si sus derechos son ignorados, el Mundial se construirá sobre una base frágil y contradictoria. En cambio, si se promueven empleos formales, con sueldos dignos y prestaciones reales, el legado será tangible y duradero. No se trata solo de celebrar goles, sino de demostrar que el deporte puede ser motor de justicia social.

El desafío está planteado: el Mundial 2026 en el Estado de México no debe ser recordado únicamente por lo que ocurra en la cancha, sino también por lo que suceda fuera de ella. La exigencia es clara y contundente: empleos formales, sueldos justos y prestaciones auténticas. Todo lo demás será un espejismo que se desvanezca al silbatazo final.

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