De: TIM GUSTAFSON.

En una antigua comedia de cine, un programador torpe pero brillante es elegido para la primera misión tripulada a Marte. Tras cometer errores tontos constantemente, acostumbra a exclamar: «¡Yo no fui!». Cuando aterrizan en Marte, el programador resbala de la escalera y cae sobre la superficie del planeta, justo antes de que su compañero ponga el pie en ella. Las primeras palabras pronunciadas en Marte son: «¡Yo no fui!».

Es una historia absurda, pero esa frase resulta inquietantemente realista. Siempre que hay alguna culpa que repartir, nuestra respuesta puede sonar muy parecida: «¡Yo no fui!».

Dios desea que obedezcamos, pero sabe que tendemos a desobedecerle. En Levítico 26:1-13, presentó su plan para Israel. Si obedecían sus mandamientos, dijo: «me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré» (v. 9). Pero la desobediencia habitual traería maldiciones y aflicciones, diseñadas para que se arrepintieran. Entonces, agregó que si Israel confesaba «su iniquidad, y la iniquidad de sus padres» (v. 40), Él recordaría su pacto con ellos.

La clave para restaurar nuestra relación con Dios es admitir lo que hemos hecho mal. Culpar a otros nos mantiene atrapados en el ciclo de la culpa, sin poder justificarnos.

¿Te sientes lejos de Dios? Un buen lugar para comenzar es decir: «Fui yo».

REFLEXIÓN:

¿Cómo reaccionas instintivamente cuando te culpan de algo? Piensa en una ocasión en la que fuiste sincero con Dios. ¿Cómo te sentiste?

#YoDigoYoPregunto

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