De: XOCHITL DIXON.
Tatiana, de seis años, entrelazó las manos, orando mientras observaba a la multitud. Sus compañeros saludaban a los invitados que se instalaban para el concierto del Día del Padre. Pero nadie saludaba a Tatiana. Su profesora la animó a unirse al coro, pero ella no quería. De repente, su padre entró corriendo por la puerta. Mientras la saludaba y buscaba asiento, Tatiana sonrió y subió al escenario.
Sea cual sea nuestra edad, todos tenemos un corazón de niño que ansía ser visto, escuchado y amado. Pero el salmista David demostró cómo Dios se deleita en presentarse ante sus hijos. David oró confiando en un amor que nunca falla, olvida ni abandona: el amor de nuestro Padre celestial. Oró con fe en la fiabilidad de Dios (Salmo 86:1-4). Declaró que Él es «bueno y perdonador, y grande en misericordia» (v. 5). Cantó: «En el día de mi angustia te llamaré, porque tú me respondes» (v. 7). David clamó con expectativa porque Dios había demostrado su fidelidad (v. 11).
Como David, podemos confiar en que nuestro Padre celestial aparecerá porque promete hacerlo. También nosotros podemos cantar: «Te alabaré, oh Señor Dios mío, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre» (v. 12). ¿Por qué? Porque Dios es incomparable; sólo Él es Dios (vv. 8, 10).
REFLEXIÓN:
¿De qué manera confiar en que Dios nunca abandona cambia tu forma de esperar? ¿Cómo puedes orar hoy con expectativa?
#YoDigoYoPregunto





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