De: ALYSON KIEDA.
Lillie Cunningham tiene 110 años, pero no necesita bastón ni andador. Confía en las Escrituras, las cuales lee mañana y noche, y asiste a la iglesia todos los domingos. Cuando piensa en su vida, afirma: «Siempre tuve fe y confianza en Dios de que me llevaría de su mano».
La Sra. Cunningham confía en Dios y lo alaba por haberla ayudado a superar dificultades como guerras, pandemias, y la muerte de su esposo y sus hermanos. Su vida se parece a la del salmista que proclamaba sobre el Señor: «por la mañana [su] misericordia, y [su] fidelidad cada noche» (Salmo 92:1-2); y su perseverancia apunta a otras palabras del salmista: «El justo florecerá como la palmera […]. Plantados en la casa del Señor, […] aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes» (vv. 12-14). Ella le atribuye todo a Dios (v. 15).
Podemos aprender mucho del ejemplo de esta centenaria. Que, como Lillie, vivamos en comunión con Dios y alabándolo, dedicando tiempo a la oración, leyendo las Escrituras y adorando «en los atrios de nuestro Dios» (v. 13). No se nos promete una larga vida en la tierra, pero a través de Él, podemos permanecer «vigorosos y verdes» (v. 14) mientras nos prepara para la vida eterna a su lado.
REFLEXIÓN:
¿Qué implica florecer mientras caminamos con Dios? ¿Cómo te ha llevado Dios de su mano en las dificultades?





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