Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
El presidente de Irán, Masud Pezeshkian, ha puesto sobre la mesa una declaración que, más allá de la retórica diplomática, refleja la fragilidad de los acuerdos internacionales cuando se enfrentan a la realidad de la guerra. En Biskek, durante la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, Pezeshkian aseguró que Teherán retomaría de inmediato sus compromisos si Estados Unidos decide volver al protocolo firmado en junio. La frase parece sencilla, pero encierra un dilema mayor: ¿Qué tan confiables son los compromisos cuando las balas y los misiles siguen marcando la agenda? Yo Pregunto, ¿Puede un papel firmado en Islamabad resistir la presión de los intereses geopolíticos que se cruzan en Medio Oriente?
El contexto no es menor. La cumbre reunió a 17 jefes de Estado, entre ellos Vladimir Putin, Xi Jinping, Narendra Modi y Recep Tayyip Erdogan. La OCS, que celebra 25 años, busca contrarrestar la influencia de Occidente, pero también se ha convertido en un escaparate donde cada líder mide fuerzas y alianzas. Pezeshkian agradeció públicamente a Putin por el respaldo de Rusia en cada etapa del conflicto, desde las sanciones hasta las votaciones en Naciones Unidas. Ese gesto no es gratuito: Irán necesita aliados sólidos para enfrentar la presión estadounidense y, al mismo tiempo, mostrar que no está aislado. Sin embargo, la pregunta inevitable es si esa alianza con Moscú le garantiza estabilidad o simplemente prolonga la confrontación. Yo Pregunto, ¿Qué tan conveniente es para Irán depender de un socio que también libra su propia guerra en Ucrania?
El llamado protocolo de Islamabad, firmado en junio, parecía un respiro tras meses de hostilidades. Pero apenas unas semanas después, el acuerdo se desmoronó con la reanudación de ataques. Estados Unidos golpeó el estratégico estrecho de Ormuz y la respuesta iraní no tardó en llegar contra objetivos en Jordania y Emiratos Árabes Unidos. La dinámica es clara: cada gesto de aparente calma se rompe con un nuevo ataque, cada promesa de paz se diluye en el fuego cruzado. En ese escenario, la palabra “compromiso” pierde peso y se convierte en un recurso discursivo más que en una garantía real. Yo Pregunto, ¿Qué valor tiene un tratado cuando las partes lo utilizan como moneda de cambio y no como pacto de paz?
La reunión de Pezeshkian con Putin refleja otra dimensión del conflicto: la necesidad de Irán de mostrarse como actor relevante en un tablero internacional donde las potencias buscan reposicionarse. Rusia, enfrascada en la guerra de Ucrania, aprovecha cada espacio para reforzar su narrativa de resistencia frente a Occidente. Turquía, por su parte, sigue intentando mediar en el conflicto europeo, aunque los resultados han sido limitados. En este cruce de intereses, Irán se presenta como víctima de agresiones, pero también como jugador dispuesto a responder con fuerza. El problema es que esa postura lo mantiene atrapado en un círculo de violencia que parece no tener salida.
La crítica constructiva debe señalar que la insistencia en acuerdos frágiles y en alianzas circunstanciales no ofrece soluciones duraderas. Estados Unidos, con su política de ataques preventivos, y Teherán, con su estrategia de represalias, han convertido la región en un campo de batalla permanente. La comunidad internacional observa, pero las negociaciones diplomáticas están en punto muerto. La OCS puede servir como plataforma de discursos, pero difícilmente como espacio de resolución efectiva. Yo Pregunto, ¿No sería más sensato que los líderes involucrados reconocieran que la guerra no se gana con tratados de papel ni con alianzas de conveniencia, sino con voluntad política real de detener la violencia?
La reflexión final es inevitable: mientras los compromisos se anuncian en cumbres y se firman en protocolos, la guerra sigue cobrando vidas y debilitando la confianza en la diplomacia. Irán promete reciprocidad si Estados Unidos retoma sus compromisos, pero la historia reciente demuestra que esas promesas se rompen con facilidad. La crítica no es a la intención de dialogar, sino a la falta de coherencia entre lo que se firma y lo que se ejecuta. La paz no puede ser un recurso retórico ni un instrumento de propaganda; debe ser una decisión firme y sostenida. De lo contrario, cada nuevo acuerdo será apenas un espejismo en medio de la tormenta.
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