Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
Cuando se habla de cifras en una guerra, siempre queda la duda de si esas cantidades reflejan la realidad o si son apenas un número acomodado para justificar un discurso oficial. Se dice que tres militares de Estados Unidos han muerto en ataques contra Irak, pero Yo Pregunto: ¿Esa es la cifra exacta?, ¿Esa es la verdad completa? La guerra tiene tiempo, y pensar que solo se cuentan tres muertos es, por lo menos, una forma cínica de disfrazar la tragedia. Porque detrás de cada número hay una vida, una familia, un vacío que no se llena con estadísticas. Y si volteamos la mirada hacia Irak, ¿Cuántos de sus militares han caído?, ¿Cuántos de sus hombres y mujeres han sido sacrificados bajo el supuesto cumplimiento del deber? La respuesta, aunque incómoda, es que seguramente son muchos más de los que se reconocen públicamente.
La guerra entre Estados Unidos e Irak no es nueva, y tampoco es un conflicto que pueda justificarse con argumentos de seguridad o de defensa. Es una guerra estúpida, torpe, que pudo haberse evitado si hubiera existido voluntad política y diplomática real. Pero lo que vemos es otra cosa: manos y garras que mecen la cuna de la violencia, intereses ocultos que se benefician del caos, poderes que no tienen reparo en sacrificar vidas inocentes para mantener su control. Y mientras tanto, los muertos se acumulan, tanto civiles como militares, sin que nadie se atreva a reconocer la magnitud del desastre.
Yo Pregunto: ¿Qué significa cumplir con el deber cuando ese deber implica matar o morir en una guerra absurda? ¿Qué valor tiene la palabra “honor” cuando se utiliza para justificar la pérdida de miles de vidas? La narrativa oficial habla de héroes caídos, pero detrás de esa retórica se esconde la realidad de familias destrozadas, comunidades desangradas y generaciones enteras marcadas por el dolor. La guerra no dignifica, la guerra destruye. Y lo más grave es que quienes deciden mantenerla no son los que mueren en el campo de batalla, son los que desde sus escritorios calculan cifras y diseñan estrategias que nunca tocan su propia piel.
El costo humano de esta guerra es incalculable. No se trata solo de contar muertos, se trata de reconocer el impacto en la sociedad, en la economía, en la cultura y en la memoria colectiva. Cada vida perdida es una historia truncada, un futuro arrebatado. Y sin embargo, los números se presentan como si fueran simples estadísticas, como si la muerte pudiera reducirse a una cifra en un informe. Esa es la perversión de la guerra: convertir lo humano en lo contable, lo doloroso en lo justificable.
La pregunta que debemos seguir haciendo es incómoda pero necesaria: ¿Cuántos muertos hay realmente? No solo del lado de Estados Unidos, no solo del lado de Irak, sino de todos los que han sido arrastrados por este conflicto. Porque la guerra no distingue nacionalidades, arrasa con todo lo que toca. Y mientras no se reconozca la magnitud de esa pérdida, mientras no se acepte que la violencia nunca fue la solución, seguiremos atrapados en un ciclo de sangre y silencio.
Es evidente que la guerra pudo tener otra salida. El diálogo, la negociación, la diplomacia, todas esas herramientas que se mencionan en discursos pero que rara vez se aplican con seriedad, pudieron evitar el derramamiento de sangre. Pero no se quiso. Porque hay intereses que se benefician de la guerra, porque hay poderes que necesitan el conflicto para sostener su influencia, porque hay garras que no sueltan la cuna de la violencia. Y mientras esas manos sigan moviendo los hilos, la paz será apenas una palabra vacía.
Yo Pregunto: ¿Hasta cuándo vamos a permitir que se normalice la muerte como parte del deber? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que las vidas de civiles y militares se pierdan sin que nadie rinda cuentas? La guerra no es inevitable, la guerra es una decisión. Y quienes la sostienen deben ser señalados, cuestionados y responsabilizados. Porque la sangre derramada no es un accidente, es consecuencia de decisiones torpes y egoístas.
La crítica no busca deshonrar a quienes han muerto, busca honrar su memoria exigiendo que nunca más se repita una tragedia así. La guerra es estúpida porque destruye lo que debería proteger, porque arranca vidas que deberían florecer, porque convierte el deber en un sacrificio inútil. Y mientras no se reconozca esa verdad, seguiremos contando muertos, seguiremos preguntando por cifras, seguiremos denunciando la indiferencia de quienes mueven los hilos desde la sombra.
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