Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La historia reciente parece escrita con tinta de pólvora. Primero Rusia contra Ucrania, después Estados Unidos contra Irán, y ahora Israel vuelve a lanzar ataques contra Gaza. La secuencia no es casualidad ni coincidencia, es el reflejo de un mundo atrapado en un ciclo de violencia que no se detiene. Cada nuevo conflicto se suma a la lista de heridas abiertas, y la pregunta inevitable surge: ¿Quién sigue? La humanidad observa con temor y hartazgo, consciente de que las guerras se multiplican mientras las soluciones brillan por su ausencia.

El caso de Israel y Gaza es particularmente doloroso porque se trata de una herida que nunca cicatriza. Cada ofensiva, cada bombardeo, cada respuesta militar, reaviva un conflicto que parece eterno. La población civil paga el precio más alto, atrapada entre discursos de seguridad y represalias que nunca desembocan en paz. El mundo, cansado de ver repetirse la misma escena, empieza a cuestionar no solo a los protagonistas directos, sino también a las instituciones que deberían garantizar un mínimo de equilibrio. Y aquí aparece la ONU, señalada como un actor que no logra cumplir con el papel para el que fue creada.

La crítica constructiva hacia la ONU no puede quedarse en la descalificación fácil. Es necesario analizar si realmente no sirve, si no se da abasto o si simplemente no la dejan actuar. La primera opción sería devastadora: significaría que el organismo internacional más importante ha perdido toda capacidad de influencia. La segunda refleja un problema estructural: demasiados conflictos simultáneos, demasiadas demandas, demasiadas presiones. La tercera, quizá la más realista, apunta a los intereses de las potencias que bloquean resoluciones, vetan decisiones y convierten a la ONU en un espectador impotente. En cualquiera de los escenarios, el resultado es el mismo: la paz no llega y la guerra se normaliza.

El mundo está harto porque la repetición de conflictos genera una sensación de inutilidad colectiva. ¿De qué sirve hablar de derechos humanos, de tratados internacionales, de diplomacia, si al final las bombas siguen cayendo? La ciudadanía global percibe que las instituciones internacionales se han convertido en foros de discursos más que en motores de soluciones. Y esa percepción erosiona la confianza, alimenta el desencanto y abre la puerta a la resignación. Pero resignarse sería el peor error: significaría aceptar que la guerra es inevitable y que la paz es una utopía inalcanzable.

La responsabilidad no recae únicamente en la ONU. Los Estados que forman parte de ella tienen la obligación de permitirle actuar, de respetar sus resoluciones, de comprometerse con la paz más allá de sus intereses inmediatos. Mientras las potencias utilicen el veto como arma política, cualquier intento de solución quedará paralizado. La ONU no puede ser eficaz si quienes la integran la utilizan como escenario de confrontación en lugar de como espacio de conciliación. El problema no es solo institucional, es también de voluntad política.

La crítica constructiva exige reconocer que la ONU sigue siendo necesaria. Sin ella, el mundo estaría aún más fragmentado y desprotegido. Pero también exige señalar que su credibilidad depende de resultados tangibles. No basta con condenar ataques, no basta con emitir comunicados, no basta con enviar misiones de observación. Se requiere capacidad de acción real, mecanismos de presión efectivos y un compromiso renovado de los Estados miembros. De lo contrario, cada nuevo conflicto será otra prueba fallida y cada nueva guerra será otro recordatorio de que la paz sigue siendo un discurso vacío.

Hoy, con Israel atacando Gaza, el mundo enfrenta otra vez el dilema de siempre: mirar hacia otro lado o exigir soluciones. La ciudadanía global ya no se conforma con explicaciones diplomáticas, quiere resultados. Quiere que las instituciones funcionen, que las guerras se detengan, que la vida humana sea protegida. La ONU está bajo examen, y la calificación dependerá de su capacidad para demostrar que no es un espectador pasivo, sino un actor capaz de transformar la realidad. Porque si no lo logra, la pregunta seguirá resonando: ¿quién será el próximo en iniciar una guerra? Y esa incertidumbre es el peor enemigo de la paz.

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