Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

El Nevado de Toluca no es únicamente un volcán majestuoso que se levanta sobre el Valle de Toluca; es también un santuario natural cuya flora y fauna representan un patrimonio que no puede ponerse en riesgo por decisiones apresuradas. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) enfrenta hoy un dilema: definir una fecha de reapertura para el acceso turístico o detenerse a escuchar a quienes habitan las comunidades aledañas. La respuesta más sensata es clara: antes de abrir las puertas, se debe abrir el diálogo.

La conservación del Nevado exige un compromiso absoluto. No se trata de cerrar indefinidamente ni de marginar a los ejidatarios, sino de construir un modelo económico que los incluya sin dañar el ecosistema. Las comunidades cercanas tienen derecho a beneficiarse de la riqueza natural que las rodea, pero ese beneficio debe ser compatible con la preservación. Vender productos fuera del perímetro protegido, organizar ferias locales o impulsar la gastronomía regional son alternativas que generan ingresos sin presionar directamente al volcán. La economía puede florecer en torno al Nevado sin invadirlo.

Otra vía es la incorporación de los habitantes como guardabosques. Con apoyo de autoridades municipales, estatales y federales, e incluso de cuerpos de seguridad como Ejército, Marina y Guardia Nacional, se puede crear un esquema de vigilancia comunitaria. Los ejidatarios conocen el terreno, saben identificar riesgos y pueden convertirse en aliados estratégicos para proteger lo que es suyo. Esta participación activa no solo fortalece la seguridad ambiental, también dignifica el trabajo de las familias que por generaciones han convivido con el Nevado.

La tentación de permitir campamentos, aunque sea por una noche, debe rechazarse de manera tajante. El impacto de fogatas, basura y tránsito nocturno sería irreversible. La experiencia internacional demuestra que los parques que ceden a esa presión terminan lamentando daños que tardan décadas en revertirse. El Nevado merece un modelo distinto: visitas reguladas, sin pernocta, con un máximo de 700 personas al día. Esa cifra no es capricho, es un límite razonable que equilibra turismo y conservación.

El papel de los guías locales es fundamental. Las familias pueden organizarse para ofrecer recorridos, narrar la historia del volcán y explicar la importancia de su biodiversidad. El cobro por ingreso y por guía debe ser justo, nunca avorazado. La tarifa razonable asegura que el visitante valore la experiencia sin sentir explotación, y que el guía reciba un ingreso digno. La transparencia en los costos es también una forma de respeto hacia quienes llegan con la expectativa de conocer un espacio único.

La logística de acceso requiere rigor. La revisión de los medios de transporte que ingresan es indispensable para evitar contaminación y saturación. Una opción viable es habilitar un estacionamiento externo y permitir el ingreso únicamente a pie. La idea de hacerlo a caballo puede parecer atractiva, pero abre un problema ético: no todas las personas son empáticas con los animales y el maltrato sería un riesgo latente. Mejor caminar, sentir el aire frío y comprender que el esfuerzo físico es parte de la experiencia de respeto hacia la montaña.

El Nevado de Toluca no necesita una reapertura inmediata; necesita un pacto social. La CONANP debe sentarse con los ejidatarios, escuchar sus propuestas y construir un plan que garantice ingresos, empleo y seguridad sin sacrificar el equilibrio ecológico. La flora y la fauna no pueden defenderse solas, requieren de decisiones responsables. La reapertura sin diálogo sería un error histórico; la reapertura con acuerdos puede convertirse en un modelo ejemplar de cómo se protege un patrimonio natural y se fortalece al mismo tiempo la economía local.

El futuro del Nevado depende de la capacidad de las autoridades y las comunidades para entender que la riqueza no está en abrir las puertas sin control, sino en diseñar un acceso regulado, justo y sostenible. Eternizar su flora y fauna es posible si se privilegia la escucha, la cooperación y la responsabilidad. El volcán no pide nada más que respeto, y ese respeto se traduce en acciones concretas: no acampar, no saturar, no improvisar. La grandeza del Nevado de Toluca merece un plan a su altura.

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