Sobre El Camino.

Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.

Existe un fenómeno extraordinario que la política jamás ha conseguido fabricar, que la economía no puede comprar y que la ideología más poderosa es incapaz de imponer. Ocurre cada cuatro años. Durante unas semanas, el planeta parece recordar algo que había olvidado. El Mundial de fútbol.

Y no, no es el fútbol lo verdaderamente importante. Lo verdaderamente extraordinario es descubrir que la humanidad todavía conserva la capacidad de sentirse parte de algo mucho más grande que ella misma.

De pronto desaparecen, aunque sea por unas horas, las fronteras invisibles que nosotros mismos construimos. El color de la piel pierde relevancia. Las diferencias religiosas dejan de importar. La riqueza y la pobreza dejan de ser un argumento. La izquierda y la derecha guardan silencio. Los idiomas dejan de ser obstáculos.

Millones de personas, que jamás se conocerán, gritan exactamente al mismo tiempo. Y eso, filosóficamente, resulta profundamente perturbador. Porque demuestra que la división nunca fue una condición natural del ser humano; fue una construcción.

Arthur Schopenhauer sostenía que el sufrimiento nace cuando la voluntad nos convence de que estamos separados del resto del mundo, cuando cada individuo convierte su propio interés en el centro absoluto de la existencia. Tal vez por eso el Mundial produce una sensación tan difícil de explicar: durante unos instantes dejamos de ser únicamente «yo» para convertirnos en un inmenso «nosotros».

Es una suspensión temporal del ego. Y quizá ahí reside su verdadera magia.

Mientras el balón rueda, también se detiene el ruido cotidiano. Las preocupaciones económicas hacen una pausa. Las cuentas pendientes esperan. El estrés laboral pierde protagonismo. Incluso los problemas políticos, que normalmente colonizan cada conversación, dejan de ocupar el centro de nuestras emociones. La vida, por fin, respira.

Pero existe una imagen todavía más poderosa que cualquier estadio lleno. La familia. Ese lugar donde varias generaciones vuelven a compartir un mismo sofá. Donde el abuelo cuenta cómo vivió los mundiales de hace cincuenta años. Donde el padre vuelve a convertirse en niño. Donde la madre celebra aunque nunca haya entendido una regla del fuera de lugar. Donde los hijos descubren que las emociones también pueden heredarse.

En una época donde las pantallas nos mantienen conectados con el mundo y desconectados de quienes tenemos enfrente, el Mundial logra un milagro silencioso: obliga a levantar la vista del teléfono para mirar a los ojos a quienes más amamos. Y ese pequeño gesto vale infinitamente más que cualquier campeonato.

Porque los recuerdos nunca se construyen viendo un marcador. Se construyen viendo con quién lo compartiste. Con el tiempo nadie recordará cada alineación. Pero sí recordará aquel abrazo espontáneo con su padre después de un gol.

La carcajada de los hermanos. El nerviosismo de la madre. Las lágrimas del abuelo. La fotografía improvisada en la sala. La comida compartida. Las bromas. Los silencios. Los abrazos.

La memoria humana no archiva resultados. Archiva afectos. Sin embargo, el Mundial también nos confronta con una verdad incómoda. Las emociones intensas son efímeras. La euforia dura segundos.

Vivimos persiguiendo momentos que duran poco, olvidando que aquello verdaderamente permanente nunca fue el acontecimiento, sino las personas que estuvieron a nuestro lado cuando ocurrió. Nos obsesionamos con ganar, cuando en realidad lo único irrepetible era haber estado juntos.

La política contemporánea haría bien en observar este fenómeno con humildad. Lleva décadas perfeccionando el arte de dividir. Divide por partidos. Por clases sociales. Por ideologías. Por generaciones. Por regiones. Por resentimientos. Y, mientras más divididos estamos, más sencillo resulta administrarnos.

Pero el Mundial demuestra exactamente lo contrario. Que las sociedades encuentran su mayor fortaleza cuando descubren un propósito compartido. Cuando existe una emoción común. Cuando el «nosotros» pesa más que el «yo».

Tal vez el mayor triunfo de un Mundial no ocurra dentro de una cancha. Sucede en los hogares. En esos lugares donde, por unas horas, dejamos de discutir para simplemente convivir. Donde las diferencias políticas descansan. Donde las preocupaciones económicas esperan. Donde el tiempo parece detenerse. Y donde la familia vuelve a recordar que la felicidad nunca ha sido un estado permanente, sino una sucesión de instantes compartidos.

GOTITAS DE AGUA:

Quizá el verdadero campeón no sea quien levanta la copa. Quizá sea aquella familia que, sin darse cuenta, volvió a encontrarse alrededor de una televisión. Porque los trofeos terminan acumulando polvo. Los goles terminan olvidándose. Los campeones cambian. Pero los abrazos dados a tiempo permanecen mucho después de que el silbatazo final haya apagado el estadio.

Y si un simple balón es capaz de reunir a millones de personas que piensan distinto, hablan distinto, rezan distinto y viven distinto… Entonces quizá el problema nunca fue nuestra incapacidad para convivir.

Sino nuestra costumbre de olvidar que, antes que adversarios, antes que electores, antes que ciudadanos y antes que cualquier bandera, todos fuimos hijos de una familia que alguna vez nos enseñó que el primer equipo al que pertenecemos no representa a un país. Representa un hogar.

Porque antes que las ideologías, las fronteras y la política, siempre existirá un lugar donde aprendamos a celebrar, llorar y abrazarnos: la familia. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…_

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