Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
En cada proceso electoral, los ciudadanos somos testigos de un espectáculo repetido hasta el cansancio: los llamados chapulines políticos, que saltan de un partido a otro con la misma facilidad con la que se toman una selfie con cualquiera que se les acerque. En campaña, juran y perjuran que son nuestros amigos, que nos entienden, que nuestras necesidades serán suplidas en cuanto lleguen al poder. Se presentan sonrientes, cercanos, casi familiares, como si la política fuera un acto de camaradería y no de responsabilidad pública. Sin embargo, la realidad es otra: una vez instalados en el Congreso, las promesas se diluyen y lo que queda es un vacío de resultados.
El fenómeno no distingue colores ni ideologías. Da igual si provienen de la izquierda, la derecha o del centro, el patrón es el mismo: legisladores que abandonan sus curules, que cambian de partido como quien cambia de camiseta, y que en el balance final dejan más decepción que avances. De treinta legisladores que se han movido de un lado a otro, apenas cuatro pueden presumir iniciativas aprobadas. ¿Y los demás? Los demás se pierden en la estadística, en la inercia, en la comodidad de un cargo que parece más un privilegio personal que una responsabilidad colectiva.
La crítica constructiva obliga a mirar más allá del enojo ciudadano. No se trata solo de señalar la traición a las promesas de campaña, sino de entender que el sistema político ha permitido que esta práctica se normalice. El chapulineo es síntoma de un modelo que premia la lealtad partidista por encima de la eficacia legislativa, que tolera la falta de resultados mientras se mantenga la disciplina interna, y que convierte al Congreso en un espacio de intereses personales más que en un foro de soluciones para la sociedad. El problema no es únicamente de quienes brincan, sino de las reglas que lo permiten.
El ciudadano, mientras tanto, queda atrapado en la contradicción. Durante la campaña se le promete cercanía, se le ofrece amistad, se le asegura que sus necesidades serán atendidas. Pero una vez que el voto se ha depositado, la relación se rompe. La selfie que parecía un símbolo de cercanía se convierte en un recuerdo vacío, en una imagen que no refleja compromiso real. La política se reduce a un acto de marketing, a un intercambio superficial que no se traduce en beneficios concretos. Y el ciudadano, que creyó en la palabra empeñada, se enfrenta a la frustración de ver cómo sus representantes se dedican a brincar de partido en partido sin rendir cuentas.
La falta de resultados es el punto más grave. De treinta legisladores, solo cuatro con iniciativas aprobadas es un dato que desnuda la ineficacia del sistema. No se trata de números fríos, sino de la evidencia de que la mayoría ocupa un espacio sin aportar soluciones. La pregunta es inevitable: ¿Para qué están ahí? Si el Congreso no produce leyes que respondan a las necesidades sociales, si los legisladores no cumplen con la tarea para la que fueron elegidos, entonces la representación se convierte en simulación. Y la simulación, tarde o temprano, erosiona la confianza ciudadana.
La crítica debe transformarse en exigencia. No basta con señalar el chapulineo como una práctica indeseable; es necesario demandar reglas claras que lo limiten, mecanismos de rendición de cuentas que obliguen a los legisladores a justificar sus cambios y, sobre todo, resultados tangibles que respalden su permanencia en el cargo. El Congreso no puede seguir siendo un espacio de tránsito para quienes buscan acomodo político. Debe ser un espacio de trabajo, de propuestas, de soluciones. La ciudadanía merece representantes que legislen, no que se dediquen a la acrobacia partidista.
El fenómeno de los chapulines políticos es, en última instancia, un reflejo de la distancia entre la política y la sociedad. Mientras los legisladores brincan, los ciudadanos esperan respuestas. Mientras se toman selfies, las necesidades reales siguen sin atenderse. Mientras se reparten discursos de amistad, la confianza se desgasta. La crítica constructiva apunta a que el sistema debe cambiar, que la política debe recuperar su sentido de servicio y que los legisladores deben recordar que no fueron elegidos para brincar, sino para trabajar. Porque al final, las grietas en la representación son tan visibles como las grietas en cualquier edificio: están ahí, a la vista de todos, y no se pueden ocultar con una sonrisa de campaña.
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