Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La expansión del sector farmacéutico en México y en el mundo suele presentarse como un triunfo económico: nuevas sucursales, inversiones millonarias, empleos generados. Sin embargo, detrás de esa narrativa optimista se esconde una pregunta incómoda que toca directamente la salud pública: ¿Quién atiende realmente a la ciudadanía en esos espacios? ¿Son empleados comunes con capacitación básica, médicos improvisados con cuchillo en mano o especialistas con bisturí y conocimiento integral? La duda no es menor, porque de la respuesta depende la calidad de la atención y, en última instancia, la vida de las personas.

El lema que circula en algunos círculos —“paciente sanado, cliente perdido”— revela una lógica empresarial que contradice la esencia de la medicina. La salud no puede reducirse a un modelo de consumo donde el enfermo se convierte en cliente cautivo. Si el objetivo es mantener al paciente dependiente de tratamientos paliativos, en lugar de buscar su recuperación plena, entonces el sistema se convierte en un negocio que prospera sobre la enfermedad, no sobre la salud. Esa visión mercantilista erosiona la confianza ciudadana y convierte a la farmacia en un espacio ambiguo: ¿Es un centro de salud o un punto de venta?

La crítica constructiva exige reconocer que la apertura de sucursales farmacéuticas sí genera empleo y dinamiza la economía local. Pero también obliga a cuestionar la calidad de esos empleos. ¿Se trata de puestos con salarios justos, prestaciones conforme a la ley y capacitación continua? ¿O son trabajos precarios, con contratos temporales y exigencias que superan la preparación real de los empleados? El riesgo es que la expansión se convierta en una fachada de progreso mientras se perpetúan condiciones laborales injustas y se descuida la formación profesional de quienes atienden al público.

En el plano internacional, la discusión es similar. Grandes cadenas farmacéuticas han multiplicado su presencia en ciudades de Europa, Asia y América Latina, pero las críticas coinciden: la atención suele recaer en personal con conocimientos limitados, incapaz de orientar adecuadamente al paciente. El resultado es una ciudadanía expuesta a diagnósticos superficiales, recomendaciones genéricas y, en ocasiones, a la venta indiscriminada de medicamentos sin considerar efectos secundarios o interacciones peligrosas. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿Son especialistas con bisturí o vendedores con bata blanca?

La economía de la salud no puede medirse únicamente en términos de inversión y empleo. Debe incluir indicadores de calidad, confianza y resultados clínicos. Una farmacia que abre sus puertas sin garantizar personal capacitado se convierte en un riesgo social. Una cadena que presume millones invertidos pero descuida la formación de su personal, reproduce un modelo de negocio que prioriza la ganancia sobre el bienestar. Y un sistema que tolera el lema “paciente sanado, cliente perdido” está aceptando que la enfermedad es rentable y la salud, un obstáculo.

La ciudadanía merece respuestas claras. No basta con inaugurar sucursales y cortar listones; se requiere transparencia sobre quién atiende, qué preparación tiene y qué protocolos sigue. La salud no puede ser un terreno de improvisación. Si los empleados son comunes, deben recibir capacitación rigurosa. Si son médicos, deben contar con certificaciones y supervisión. Si son especialistas, deben ejercer con ética y responsabilidad. De lo contrario, la expansión farmacéutica será solo un espejismo económico que esconde precariedad laboral y riesgo sanitario.

La crítica, entonces, no busca frenar el crecimiento del sector, sino orientarlo hacia un modelo más humano y responsable. La inversión debe traducirse en empleos dignos, en capacitación real y en atención profesional. El lema debe cambiar: paciente sanado, sociedad fortalecida. Porque la verdadera riqueza de un país no se mide en sucursales abiertas ni en millones invertidos, sino en ciudadanos sanos, confiados y atendidos con respeto. Esa es la economía de la salud que necesitamos: una que ponga al ser humano en el centro y al negocio en su justa dimensión.

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