Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
La política mexicana, como la de cualquier país, se enfrenta a un dilema constante: distinguir entre quienes llegan con la bandera de la representación ciudadana y quienes, disfrazados de esa misma bandera, buscan únicamente servirse de la ciudadanía. En el Estado de México, la aparición de nuevos partidos políticos refleja esa tensión. Cuatro aspiraban a obtener registro, pero solo dos recibieron el visto bueno del Instituto Nacional Electoral. Los demás, a su casa, o a buscar su democracia cómoda en otro lado. La decisión no es menor: significa que, al menos en teoría, se intenta poner un filtro para evitar que la proliferación de siglas se convierta en un negocio disfrazado de participación democrática.
El problema es que, desde el inicio, resulta casi imposible discernir las verdaderas intenciones. Un partido puede presentarse como defensor de causas sociales, como voz de los marginados o como alternativa fresca frente a los desgastados partidos tradicionales. Sin embargo, la práctica suele revelar otra cara: estructuras creadas para obtener prerrogativas, para negociar candidaturas o para convertirse en instrumentos de poder personal. La ciudadanía, en medio de ese juego, queda atrapada entre la ilusión de nuevas opciones y la decepción de descubrir que muchas veces se trata de más de lo mismo.
La crítica constructiva exige reconocer que la democracia necesita apertura, pero también vigilancia. No basta con permitir que surjan nuevos partidos; es indispensable que esas acciones políticas adelantadas se vigilen con lupa. El registro no debería ser un cheque en blanco, sino el inicio de un escrutinio constante sobre cómo se financian, cómo se organizan y, sobre todo, cómo cumplen con la promesa de servir a la sociedad. La democracia no se fortalece con cantidad, sino con calidad. Dos partidos nuevos pueden ser suficientes si realmente representan intereses legítimos y transparentes; veinte serían inútiles si solo buscan cuotas de poder.
El análisis realista nos recuerda que la ciudadanía no puede delegar toda la responsabilidad en las instituciones. El INE cumple con su papel de árbitro, pero la vigilancia cotidiana corresponde a los ciudadanos. La pregunta es si estamos dispuestos a exigir cuentas, a cuestionar discursos y a desenmascarar a quienes se presentan como salvadores cuando en realidad son oportunistas. La democracia cómoda, esa que se limita a votar cada tres o seis años, no basta. Se requiere una democracia real, activa, que observe, critique y participe.
La coherencia obliga a aceptar que los partidos políticos son necesarios, pero también a reconocer que no todos merecen existir. El filtro del INE es apenas un primer paso; lo que sigue es demostrar en los hechos que esos nuevos partidos no se convierten en réplicas de los viejos vicios. La ciudadanía merece opciones auténticas, no simulaciones. Y si esas opciones fallan, debe tener la capacidad de retirarle su confianza sin titubeos.
En conclusión, el Estado de México refleja lo que ocurre en cualquier parte del mundo: la dificultad de distinguir entre quienes sirven y quienes se sirven. La fiebre de nuevos partidos puede ser síntoma de vitalidad democrática, pero también de oportunismo disfrazado. La clave está en la vigilancia, en la crítica constante y en la capacidad de la ciudadanía para no dejarse engañar. Porque la democracia no se defiende sola: requiere ojos atentos, voces firmes y una sociedad dispuesta a exigir que los partidos, nuevos o viejos, cumplan con su verdadero deber, que es servir al pueblo y no servirse de él.
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