Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
En el panorama político mexicano no basta con señalar a un solo partido, porque en todos se cuecen habas. Morena acapara titulares, pero la realidad es que la desconfianza ciudadana se extiende a cada fuerza política, sin excepción. La supuesta confianza que los partidos dicen tener en sus procesos internos se enciende como un foco rojo cuando se observa que, al final, los filtros que deberían garantizar candidaturas limpias y legítimas no siempre cumplen su función. Se insiste en que la ciudadanía es el último filtro, pero esa afirmación se queda corta: la ciudadanía vota, sí, pero no siempre tiene la posibilidad de impedir que candidatos cuestionables lleguen a la boleta.
La credibilidad de los partidos políticos está en juego. Si no quieren perderla por completo, deben multiplicar el cuidado en la selección de quienes los representarán en las elecciones. No se trata solo de cumplir con requisitos legales o administrativos, sino de garantizar perfiles éticos, transparentes y capaces de sostener la confianza pública. La política mexicana ha sufrido demasiado por candidaturas improvisadas, por personajes que llegan más por conveniencia que por convicción, y por figuras que terminan siendo un lastre para la democracia.
El Instituto Nacional Electoral, según se afirma, no obliga a retirar candidaturas, pero sí advierte de los peligros de perfiles dudosos. Esa advertencia debería ser suficiente para que los partidos actúen con responsabilidad, aunque la experiencia demuestra que muchas veces prefieren arriesgarse, confiando en que la maquinaria electoral y la apatía ciudadana les permitirá salir adelante. Esa actitud es peligrosa, porque erosiona aún más la confianza en las instituciones y en el sistema político en su conjunto.
La ciudadanía observa con desconfianza cómo se repiten los mismos patrones: candidatos con antecedentes cuestionables, con vínculos opacos o con trayectorias que no garantizan compromiso social. Los partidos, en lugar de corregir, suelen justificar o minimizar, como si la credibilidad fuera un recurso infinito. Pero no lo es. Cada error, cada candidatura dudosa, cada escándalo que se tolera, suma al desgaste de un sistema que ya enfrenta serios problemas de legitimidad.
El reto es enorme: recuperar la confianza perdida. Y esa recuperación no se logrará con discursos, sino con hechos. Los partidos deben demostrar que son capaces de depurar sus filas, de priorizar perfiles ciudadanos auténticos y de garantizar que quienes buscan representar al pueblo lo hagan con integridad. La democracia no puede sostenerse sobre la base de candidatos cuestionados, porque cada elección se convierte entonces en una simulación.
La crítica constructiva apunta a que no basta con señalar a Morena, ni a Acción Nacional, ni a Movimiento Ciudadano, ni al PRI, ni a ningún otro partido en particular. El problema es general y sistémico. La confianza ciudadana no se recuperará mientras los partidos sigan actuando como si la credibilidad fuera un lujo prescindible. El INE puede advertir, pero la responsabilidad última recae en los partidos. Si no corrigen, el costo será alto: más abstencionismo, más desconfianza y más distancia entre la política y la sociedad.
La democracia mexicana necesita partidos que entiendan que la ciudadanía ya no se conforma con discursos vacíos. Necesita candidatos que representen verdaderamente los intereses colectivos y no solo los de grupos de poder. Si los partidos no quieren perder lo poco que queda de credibilidad, deben asumir que cada candidatura es una prueba de fuego. Y en esa prueba, la transparencia, la ética y la responsabilidad no son opcionales, son indispensables.
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