Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
La llamada autopista Tenango – Ixtapan de la Sal se ha convertido en un símbolo de lo que significa la contradicción en la infraestructura mexicana: una vía que presume modernidad en sus tarifas, pero que exhibe un rostro de desgaste, abandono y falta de mantenimiento. El contraste es brutal. Mientras los concesionarios encuentran siempre la manera de justificar incrementos en los cobros de sus casetas, los usuarios enfrentan baches, señalización deficiente, iluminación insuficiente y tramos que parecen más caminos rurales que autopistas de cuota. La pregunta es inevitable: ¿cómo puede sostenerse un modelo que privilegia la recaudación por encima de la seguridad y el servicio?
El caso de Tenango – Ixtapan de la Sal no es aislado. La mayoría de las autopistas del país se encuentran multiplicadamente en el olvido. Se construyeron con la promesa de ser arterias modernas que impulsarían el desarrollo regional, pero hoy operan como rutas vencidas, incapaces de garantizar condiciones mínimas de tránsito seguro. El discurso oficial habla de infraestructura estratégica, pero la realidad es que los usuarios pagan por un servicio que no reciben. El cobro es puntual, el mantenimiento es inexistente.
El problema no es solo técnico, es estructural. Las concesiones se han convertido en negocios privados disfrazados de servicio público. Los contratos permiten aumentos periódicos en las tarifas, pero no establecen mecanismos efectivos de supervisión sobre el estado físico de las vías. Así, las autopistas se transforman en cajas registradoras que funcionan a la perfección, mientras el pavimento se agrieta y las condiciones de seguridad se deterioran. El usuario queda atrapado en una lógica perversa: paga más por transitar menos seguro.
La crítica constructiva debe señalar que no se trata de cancelar concesiones, sino de exigir transparencia y rendición de cuentas. Si las autopistas son un servicio público operado por privados, entonces deben cumplir estándares claros de calidad. No basta con justificar incrementos por inflación o por supuestas inversiones futuras. El mantenimiento debe ser visible, constante y verificable. Cada bache que se multiplica es evidencia de incumplimiento. Cada tramo oscuro es prueba de negligencia. Cada accidente derivado de las condiciones de la vía es responsabilidad compartida entre concesionarios y autoridades.
La autopista Tenango – Ixtapan de la Sal es un ejemplo doloroso porque conecta una región con vocación turística y económica. Ixtapan de la Sal, con su balneario y su oferta hotelera, depende de una vía segura y eficiente para recibir visitantes. Sin embargo, el mal estado de la autopista desalienta el tránsito y proyecta una imagen de abandono. El desarrollo regional se frena cuando la infraestructura se convierte en obstáculo en lugar de motor. El turismo, la economía local y la movilidad cotidiana pagan el precio de la desidia.
La mayoría de las autopistas mexicanas comparten esta historia. Se construyeron con entusiasmo, se inauguraron con discursos grandilocuentes, pero se olvidaron en el tiempo. Hoy son autopistas vencidas, operando bajo la lógica del cobro sin servicio. El ciudadano se convierte en cliente cautivo, obligado a pagar por transitar, aunque el producto que recibe sea deficiente. Es un modelo que erosiona la confianza y que exige una revisión profunda.
La crítica no busca destruir, busca corregir. México necesita autopistas modernas, seguras y bien mantenidas. No es un lujo, es una necesidad para el desarrollo económico y social. La Tenango – Ixtapan de la Sal debe ser un llamado de atención: no podemos seguir aceptando que las tarifas suban mientras el pavimento se hunde. La infraestructura es el rostro del Estado y de sus concesionarios. Si ese rostro es de abandono, el mensaje es de desprecio hacia la ciudadanía.
La columna de hoy subraya una verdad incómoda: las autopistas mexicanas están multiplicadamente en el olvido, pero sus casetas funcionan con puntualidad suiza. El contraste es inaceptable. La crítica constructiva exige que las autoridades y concesionarios asuman su responsabilidad. No se trata de discursos, se trata de hechos. El país necesita autopistas que sean vías de desarrollo, no caminos vencidos que solo sirven para recaudar.
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