Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

Entonces, como quien dice, no hay nada formalmente firmado en cuanto a la paz. Lo que existe son acuerdos dirigidos únicamente al fin de la guerra, pero nada más. Y dentro de 60 días se evaluará si dichos acuerdos son válidos para la paz o no. Mientras tanto, Israel, que no ha participado en ninguna reunión para dichos acuerdos, sigue bombardeando Líbano, y esa realidad pone en riesgo la credibilidad de cualquier intento de paz en Medio Oriente. La pregunta es inevitable: ¿Cómo se puede hablar de paz cuando las bombas siguen cayendo y los actores centrales del conflicto ni siquiera se sientan en la mesa de negociación?

La situación refleja una contradicción profunda. Por un lado, se proclama que la guerra puede terminar con acuerdos preliminares; por otro, se reconoce que esos acuerdos no garantizan la paz. Es como si se quisiera vender la idea de que el conflicto está bajo control, cuando en realidad lo que se tiene es un documento que solo aguanta lo que se le escribe, sin fuerza real para detener la violencia. La credibilidad de la paz se erosiona cada día que pasa sin un compromiso formal, y cada ataque militar refuerza la percepción de que lo firmado es insuficiente.

Israel, al mantenerse al margen de las reuniones, envía un mensaje claro: no reconoce ni valida los acuerdos que otros intentan construir. Su ofensiva en Líbano es la prueba de que la paz no puede imponerse desde fuera, ni puede sostenerse en papeles sin respaldo político. La falta de participación de un actor clave convierte cualquier acuerdo en un ejercicio incompleto, en una ilusión que se desmorona frente a la realidad de los bombardeos. Y esa ausencia mina la confianza internacional, porque sin todos los protagonistas en la mesa, la paz es solo un discurso vacío.

Donald Trump, por su parte, se mantiene en la lógica de la amenaza. Su postura hacia Irán es clara: portarse bien o enfrentar nuevamente los bombardeos. Esa actitud refleja más conveniencia que razonamiento, porque reduce la diplomacia a un juego de intimidación. En lugar de construir confianza, se apuesta por el miedo, y el resultado es que los acuerdos pierden validez antes de ser evaluados. La amenaza constante no genera paz, genera desconfianza, y coloca a Irán en una posición defensiva que dificulta cualquier avance real.

La crítica constructiva es evidente: no se puede hablar de paz si los acuerdos se limitan a ser evaluados en 60 días, mientras la violencia continúa. La paz requiere compromisos formales, participación de todos los actores y voluntad política para detener las ofensivas. De lo contrario, lo que se tiene es un alto al fuego frágil, condicionado y vulnerable a cualquier provocación. La comunidad internacional debe reconocer que la credibilidad de la paz no se construye con plazos, sino con acciones concretas que demuestren que la guerra realmente se detiene.

El riesgo es que la falta de credibilidad termine por desgastar cualquier intento de negociación. Si los acuerdos no se cumplen, si los bombardeos continúan, si las amenazas sustituyen al diálogo, entonces la paz se convierte en un espejismo. Y en Medio Oriente, donde los conflictos han sido prolongados y dolorosos, ese espejismo solo aumenta la frustración y la desconfianza. La pregunta de fondo es si los líderes están dispuestos a asumir la responsabilidad de construir una paz real o si prefieren seguir jugando con acuerdos que no tienen fuerza.

La paz, en este contexto, no puede ser un discurso ni un plazo de 60 días. Debe ser un compromiso inmediato, respaldado por acciones verificables y por la participación de todos los actores involucrados. Israel no puede seguir al margen, Irán no puede ser tratado solo con amenazas, y Estados Unidos no puede reducir la diplomacia a un ejercicio de intimidación. La crítica constructiva es que la paz requiere razón, voluntad y credibilidad, no conveniencia ni cálculos políticos.

El mundo observa y se pregunta si estos acuerdos son realmente un paso hacia la paz o solo una estrategia para ganar tiempo. La respuesta dependerá de lo que ocurra en los próximos días, no en los próximos 60. Porque cada ataque, cada amenaza, cada ausencia en la mesa de negociación, es un recordatorio de que la paz no se firma en papeles, se construye en hechos. Y mientras esos hechos no lleguen, la paz seguirá siendo un discurso que se cacarea, pero que no se concreta.

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