Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

Por motivos del Mundial, la Orquesta Sinfónica del Estado de México ofreció un concierto gratuito en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles bajo la batuta del maestro Rodrigo Macías. El gesto, más allá de lo artístico, tiene un valor simbólico: llevar la música a un espacio donde normalmente impera el ruido de las maletas, los anuncios de vuelos y la prisa de los pasajeros. La música se convierte en un bálsamo, en un recordatorio de que la cultura también puede estar presente en los lugares más inesperados. Sin embargo, la crítica constructiva es clara: si se pudo organizar un concierto en un aeropuerto, ¿Por qué no extender esta iniciativa a las centrales camioneras, a las estaciones de metro, a esos espacios donde la tensión cotidiana es aún más palpable?
La música amansa a las fieras, dice el dicho, y no es casualidad. En un país donde el Mundial despierta emociones intensas, donde las pasiones futboleras se mezclan con la presión económica y social, un concierto puede ser más que entretenimiento: puede ser un acto de reconciliación, un momento de pausa en medio del caos. El aeropuerto fue un escenario vistoso, sí, pero también limitado. La verdadera prueba de compromiso cultural sería llevar la orquesta a los lugares donde la gente común enfrenta el día a día, donde el estrés del transporte público y la incertidumbre de la rutina necesitan un respiro.
El Maestro Rodrigo Macías dirigió con maestría, y la orquesta respondió con calidad. Pero la pregunta que queda es si este esfuerzo se quedará en un evento aislado o si se convertirá en una política cultural más amplia. Porque la música no debe ser privilegio de quienes transitan por un aeropuerto internacional, sino un derecho accesible para quienes esperan un autobús en una terminal, para quienes viajan en el metro rumbo a su trabajo, para quienes enfrentan la cotidianidad con resignación. Llevar la música a esos espacios sería un acto de justicia cultural, un reconocimiento de que la cultura pertenece a todos.
El Mundial ha puesto a México en el centro de la atención internacional, y eso abre oportunidades para mostrar no solo la pasión por el futbol, sino también la riqueza cultural del país. La orquesta en el aeropuerto fue un escaparate, una manera de decir que México no solo vibra con goles, sino también con notas musicales. Pero si queremos que ese mensaje sea coherente, debemos pensar en escenarios más cercanos a la gente. Porque la cultura no se mide en grandes eventos, sino en la capacidad de transformar la vida cotidiana.
La crítica constructiva apunta a la necesidad de descentralizar la cultura. No basta con ofrecer conciertos en espacios emblemáticos; hay que llevarlos a los lugares donde la gente realmente los necesita. Las estaciones de metro, las centrales camioneras, los parques públicos: ahí es donde la música puede cumplir su función social, donde puede amansar las tensiones y recordar que la vida tiene un ritmo más allá de la prisa. El aeropuerto fue un inicio, pero no debe ser el final.
La música, en este contexto, se convierte en un símbolo de unidad. Mientras el futbol divide opiniones, genera debates y despierta rivalidades, la música ofrece un lenguaje común, una experiencia compartida que no necesita traducción. Y en tiempos de Mundial, donde las emociones están a flor de piel, esa unidad es más necesaria que nunca. El reto es que las autoridades culturales entiendan que la música no debe quedarse en los espacios privilegiados, sino que debe recorrer las calles, los pasillos del metro, las salas de espera de las terminales.
La Orquesta Sinfónica del Estado de México demostró que puede adaptarse, que puede salir de los teatros y conquistar escenarios distintos. Ahora la pregunta es si habrá voluntad para repetir la experiencia en otros lugares. Porque si la música amansa a las fieras, entonces es urgente llevarla a los espacios donde esas fieras se manifiestan: el tráfico, la saturación del transporte, la tensión de la rutina. Ahí es donde la cultura puede marcar la diferencia, donde puede convertirse en un acto de transformación social.
El concierto en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles fue un acierto, pero también una oportunidad para reflexionar. La música no debe ser un lujo, debe ser un derecho. Y si el Mundial nos recuerda que el futbol es pasión, la orquesta nos recuerda que la cultura es equilibrio. Lo que falta es que esa visión se extienda, que no se quede en un evento aislado, sino que se convierta en una política cultural que realmente amanse las tensiones del país. Porque la música, más que espectáculo, es un acto de humanidad.
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