Por: GILBERTO GONZÁLEZ HERNÁNDEZ.

Valoren cada reunión en familia, hasta esas sencillas reuniones que parecen de lo más comunes o rutinarias. Acuérdense siempre: no todos los que hoy están sentados con ustedes a la mesa van a estar ahí para siempre. Esos abrazos que hoy dan sin pensarlo tanto, algún día se van a convertir en lo que su corazón va a extrañar con un dolor profundo. Las pláticas quietas, las risas, las voces de los suyos… uno nunca se da cuenta de lo valioso que es todo eso hasta que de plano se convierte en un puro recuerdo.
El tiempo vuela sin pedirle permiso a nadie y la vida cambia de formas que ni nos imaginamos. Los hijos se hacen grandes, los papás se vuelven más tiernos y más cansados, y un día, los abuelitos se nos van y se quedan a vivir nomás en nuestras pláticas y en las fotos viejas. Por eso, cada minuto juntos es un regalo del cielo. Es un cachito de eternidad escondido en medio de un día cualquiera.
No dejen que la rutina les robe estos momentos. Quédense en ese abrazo un poquito más de tiempo. Convivan con sus pequeños. Ríanse hasta que duela el estómago. Escúchense con más atención. Simplemente siéntense juntos, sin andar contando los minutos. Porque lo que hoy parece «una reunión más», mañana va a estar envuelto en una nostalgia que les va a apachurrar el alma.
Y cuando todo lo demás pierda su brillo, lo único que va a quedar es ese amor que decidieron compartir; ese amor que sembraron en su familia, despacito y con el corazón, mientras todavía tuvieron la oportunidad de hacerlo.
Bendita reunión, bendito tiempo, bendito día. Amo mi familia…YO Y MI CASA SERVIREMOS A JEHOVÁ.
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