Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

El Partido Revolucionario Institucional en el Estado de México, encabezado por Cristina Ruíz Sandoval, ha levantado la voz para denunciar lo que califica como despilfarro en torno al Mundial 2026. Sus señalamientos apuntan a obras hechas al vapor, pantallas sin asistentes y un supuesto nulo impulso económico derivado de la justa deportiva. La crítica, en apariencia legítima, se convierte en un espejo incómodo: ¿qué habría hecho el PRI si estuviera gobernando la entidad? ¿El mismo gasto, disfrazado de inversión, o un derroche aún mayor bajo el argumento de la “proyección internacional”?

La postura priista parece olvidar que durante décadas el partido administró recursos públicos con la misma lógica de espectáculo y propaganda. Hoy, desde la oposición, se coloca en el papel de fiscalizador, pero la memoria colectiva no borra los estadios inconclusos, las obras faraónicas sin utilidad social y los proyectos que terminaron siendo monumentos al ego de los gobernantes. Señalar la paja en el ojo ajeno sin reconocer la viga propia es una práctica recurrente que erosiona la credibilidad de cualquier discurso político.

El Mundial 2026, más allá de la pasión futbolera, representa un reto de infraestructura, logística y economía. Las pantallas vacías y los espacios improvisados son síntomas de una planeación deficiente, pero también de una oportunidad desaprovechada para generar empleo, turismo y derrama económica. Sin embargo, la crítica del PRI carece de propuestas alternativas: no basta con denunciar el gasto, habría que explicar cómo se habría administrado de manera distinta. ¿Se habrían privilegiado proyectos comunitarios? ¿Se habría apostado por obras duraderas en lugar de escenarios efímeros? La ausencia de respuestas convierte la acusación en un ejercicio retórico más que en una propuesta seria.

La ciudadanía exige coherencia. Si el PRI pretende recuperar espacios de poder, debe demostrar que aprendió de sus errores y que puede ofrecer un modelo distinto de gestión. De lo contrario, sus críticas se perciben como oportunismo político, un intento de capitalizar el descontento sin asumir responsabilidades históricas. El Mundial no es solo un evento deportivo: es un escaparate internacional que puede mostrar lo mejor o lo peor de un país. En ese sentido, la pregunta es válida: ¿hubiera sido diferente bajo el PRI? La experiencia indica que probablemente no.

La crítica constructiva debe ir acompañada de alternativas claras. No basta con señalar que las pantallas están vacías; hay que proponer cómo llenarlas de contenido cultural, educativo o comunitario. No basta con denunciar obras al vapor; hay que plantear proyectos con visión de largo plazo que trasciendan el evento deportivo. El PRI mexiquense tiene la oportunidad de demostrar que puede ser oposición responsable, pero para ello debe abandonar la comodidad de la denuncia y asumir el reto de la propuesta.

El despilfarro, real o percibido, es un tema que toca fibras sensibles en una sociedad cansada de ver recursos públicos dilapidados. La crítica del PRI puede encontrar eco en ese hartazgo, pero solo será creíble si se acompaña de autocrítica y de un compromiso genuino con la transparencia. De lo contrario, quedará como un discurso vacío, una estrategia más de desgaste político que no convence ni moviliza.

El Mundial 2026 pasará, pero las obras, los gastos y las decisiones quedarán como testimonio de la capacidad —o incapacidad— de los gobiernos para administrar con visión. El PRI mexiquense, al señalar la paja en el ojo ajeno, se enfrenta al espejo de su propia historia. La pregunta sigue abierta: ¿hubieran hecho lo mismo, menos o peor? La respuesta, aunque incómoda, parece evidente. Y es ahí donde la crítica pierde fuerza y se convierte en un recordatorio de que la coherencia política no se construye con discursos, sino con hechos.

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