Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
La realidad que se vive en distintas ciudades del país es tan decepcionante como triste: mientras a las autoridades se les forra de dinero, mientras se multiplican los presupuestos y se engordan las nóminas, la fauna silvestre pierde cada día un pedazo más de su hábitat natural. La expansión urbana, disfrazada de progreso, se convierte en una sentencia de desalojo para especies que deberían ser protegidas, no expulsadas.
El crecimiento de fraccionamientos, carreteras y centros comerciales ha borrado de golpe los espacios que antes eran refugio de cacomixtles, tlacuaches y muchas otras especies que forman parte de la riqueza natural de México. Animales que deberían vivir en bosques, barrancas o zonas de vegetación se ven obligados a buscar refugio entre casas, calles y lotes baldíos. La imagen es tan absurda como dolorosa: criaturas nocturnas, adaptadas a ecosistemas complejos, ahora sobreviviendo entre basura, cables eléctricos y concreto.
La indiferencia institucional es el verdadero crimen. No se trata únicamente de que se construyan ciudades, sino de que se haga sin planeación ecológica, sin respeto a los corredores biológicos, sin programas de conservación que acompañen el desarrollo. El discurso oficial habla de modernidad, pero la práctica revela abandono. Se invierte en obras faraónicas, se presume infraestructura, pero se ignora que cada ladrillo levantado sin conciencia arranca un pedazo de vida silvestre.
El problema no es menor ni anecdótico. La fauna cumple funciones vitales para el equilibrio ambiental: controla plagas, dispersa semillas, mantiene cadenas alimenticias. Cuando se les expulsa de su hábitat, no solo se condena a los animales a la precariedad, también se rompe el tejido ecológico que sostiene la vida humana. La presencia de tlacuaches en las calles no es un capricho de la naturaleza, es un grito de auxilio frente a la devastación.
La crítica constructiva exige reconocer que el desarrollo urbano no puede seguir avanzando como si la naturaleza fuera un estorbo. Es urgente que las autoridades dejen de mirar hacia otro lado y que los recursos públicos se destinen a proyectos de conservación, a la creación de reservas urbanas, a la protección de barrancas y áreas verdes. No basta con plantar árboles en camellones; se requiere una política integral que entienda que la ciudad y la naturaleza no son enemigas, sino partes de un mismo sistema.
La sociedad también tiene responsabilidad. La tolerancia hacia la fauna que aparece en patios o azoteas debe transformarse en respeto y cuidado. No son invasores, son sobrevivientes. La convivencia con ellos puede ser posible si se les reconoce como parte del entorno y se evita el maltrato. La educación ambiental debe ser prioridad en escuelas y comunidades, porque sin conciencia ciudadana cualquier política pública se queda en papel mojado.
El contraste es brutal: mientras los funcionarios acumulan privilegios y presupuestos, los animales buscan refugio en alcantarillas y techos. Esa desigualdad refleja la distancia entre un gobierno que presume progreso y una realidad que exhibe abandono. El dinero que se destina a la burocracia debería ser invertido en garantizar que el desarrollo no destruya lo que nos da identidad y vida.
La voz editorial debe ser clara: no se trata de romantizar la fauna silvestre ni de negar la necesidad de crecimiento urbano. Se trata de exigir que el progreso no sea sinónimo de exterminio. La construcción de ciudades debe ir acompañada de políticas ambientales serias, de estudios de impacto real, de sanciones a quienes destruyen hábitats sin contemplaciones. El futuro no puede edificarse sobre el despojo de quienes no tienen voz para defenderse.
La decepción y la tristeza que provoca ver a un cacomixtle cruzando una avenida iluminada por anuncios espectaculares debería convertirse en indignación colectiva. Porque cada especie desplazada es un recordatorio de que el dinero y la indiferencia pesan más que la vida. Y porque la verdadera modernidad no se mide en metros cuadrados de concreto, sino en la capacidad de un país para crecer sin destruir lo que lo hace único.
La crítica es dura, pero necesaria: mientras las autoridades se llenan los bolsillos, la fauna silvestre se queda sin hogar. Y esa contradicción, si no se enfrenta con responsabilidad, terminará por cobrarnos una factura que ni el dinero ni la indiferencia podrán pagar.
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