Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La declaración del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, de que la eventual salida de Donald Trump del T-MEC no le quita el sueño, abre un debate que no puede quedarse en la comodidad de la retórica. El mensaje busca transmitir confianza y estabilidad, pero en el fondo revela un exceso de optimismo que, en un escenario internacional tan volátil, puede convertirse en un riesgo estratégico. La economía no se sostiene en discursos tranquilizadores, sino en previsiones sólidas y en la capacidad de anticipar los movimientos de actores que, como Trump, han demostrado que la política comercial puede ser utilizada como arma de presión y como berrinche personal.

El T-MEC, heredero del TLCAN, es más que un tratado: es el eje de integración productiva de América del Norte. México depende de él para sostener gran parte de sus exportaciones, para garantizar cadenas de suministro y para mantener la confianza de inversionistas que ven en la región un bloque competitivo frente a Asia y Europa. Minimizar la posibilidad de que Trump decida romper con el acuerdo es ignorar la naturaleza errática de su estilo político. Ya lo hemos visto: decisiones abruptas, amenazas de aranceles, discursos nacionalistas que apelan más al aplauso interno que a la lógica económica. Pensar que “no pasa nada” si se levanta de la mesa es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, irresponsable.

La economía mexicana no puede darse el lujo de confiar en que la moneda siempre caerá a nuestro favor. La volatilidad del dólar, la sensibilidad de los mercados y la dependencia de nuestras exportaciones hacia Estados Unidos hacen que cualquier gesto de Trump tenga repercusiones inmediatas. Un anuncio de ruptura, aunque después se matice o se negocie, puede provocar depreciación del peso, fuga de capitales y freno en inversiones. La confianza se construye con hechos, no con declaraciones de calma. Por eso, la Secretaría de Economía debería estar trabajando en escenarios alternativos, en diversificación de mercados y en estrategias de blindaje que reduzcan la vulnerabilidad frente a los caprichos de Washington.

La crítica no es un llamado al alarmismo, sino a la responsabilidad. México tiene fortalezas: una base industrial sólida, un sector exportador dinámico y una posición geográfica estratégica. Pero esas fortalezas deben ser respaldadas con visión de largo plazo. Si Trump decide abandonar el T-MEC, no bastará con decir que “no nos quita el sueño”; habrá que demostrar que tenemos la capacidad de redirigir nuestras exportaciones hacia Europa, Asia o América Latina, que podemos negociar nuevos tratados y que contamos con políticas internas que incentiven la innovación y el consumo nacional. La diversificación no es un discurso, es una necesidad.

El mensaje de Ebrard, aunque bien intencionado, corre el riesgo de enviar una señal equivocada: la de que México está dispuesto a aceptar cualquier escenario sin prepararse. Y eso, en el terreno económico, es peligroso. Los inversionistas leen entre líneas, los mercados reaccionan a percepciones y los socios comerciales evalúan la seriedad de nuestros compromisos. Mostrar serenidad es válido, pero debe estar acompañada de un plan concreto que demuestre que no dependemos de un solo socio ni de la voluntad de un solo líder.

La historia reciente nos recuerda que Trump no actúa bajo parámetros tradicionales. Su estilo es el de la presión constante, el de la amenaza como herramienta de negociación, el del berrinche convertido en política pública. Subestimarlo sería repetir errores que ya costaron tensiones diplomáticas y pérdidas económicas. Por eso, la crítica constructiva hacia la Secretaría de Economía es clara: no basta con descartar el freno al T-MEC, hay que diseñar la ruta para el día en que ese freno se materialice. Porque si algo no se puede descartar es que, de un momento a otro, la moneda caiga a favor de su decisión.

México necesita un discurso firme, pero también una estrategia realista. La confianza se gana con preparación, no con frases tranquilizadoras. Y si bien es cierto que el país no puede vivir en la incertidumbre permanente, tampoco puede dormirse en la ilusión de que Trump no moverá la pieza. La economía exige previsión, y la política comercial requiere visión. En ese equilibrio está la clave para que, pase lo que pase con el T-MEC, México no pierda el rumbo ni la confianza de quienes apuestan por su futuro.

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