Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM
La situación en Cuba vuelve a poner en evidencia las contradicciones de la política internacional. El sector hotelero, que alguna vez fue motor de la economía turística de la isla, hoy se encuentra debilitado, con empresarios extranjeros que ya no laboran al 100% por temor a represalias derivadas de sanciones. La incertidumbre ha generado un vacío en la inversión y un retroceso en la confianza. En este contexto, surge la pregunta inevitable: ¿exactamente para qué sirve o va a servir el llamado “Escudo de las Américas” en los países de Centroamérica?
El Escudo de las Américas se presenta como una estrategia de defensa y cooperación regional impulsada por Estados Unidos. La narrativa oficial habla de protección frente a amenazas externas, de unidad continental y de fortalecimiento de la seguridad. Sin embargo, la realidad muestra que el concepto se enfrenta a un dilema: mientras en Cuba se destruye el sector hotelero por sanciones y presiones, en Centroamérica se plantea un escudo que, más que proteger, parece condicionar. La solidaridad que se espera de los países aliados no siempre es voluntaria, y la cooperación se convierte en una obligación tácita.
La pregunta es legítima: ¿qué utilidad concreta tendrá este escudo en Centroamérica? La región enfrenta problemas estructurales que van más allá de la defensa militar. La inseguridad, la migración, la falta de inversión y la vulnerabilidad económica son los verdaderos desafíos. Un escudo que se centra en la retórica de la protección puede terminar ignorando las necesidades reales de los pueblos. La experiencia cubana demuestra que las sanciones y las presiones externas no fortalecen, sino que debilitan. Los empresarios hoteleros que se retiran o reducen operaciones lo hacen por miedo, no por falta de interés. Y ese miedo es el reflejo de una política que privilegia la fuerza sobre el diálogo.
El análisis internacional debe ser objetivo. El Escudo de las Américas puede tener un valor estratégico en términos de coordinación militar y diplomática, pero su impacto en la vida cotidiana de los centroamericanos es cuestionable. ¿De qué sirve un escudo si no protege la economía, si no garantiza inversión, si no fortalece la seguridad interna de los países? La región necesita más hospitales, más escuelas, más empleos, no más discursos de defensa que se quedan en el papel.
La contradicción es evidente. Mientras se habla de unidad continental, se aplican sanciones que destruyen sectores enteros en países como Cuba. Mientras se promete protección, se condiciona la cooperación a alinearse con intereses externos. El escudo, entonces, corre el riesgo de convertirse en un símbolo vacío, más útil para la política exterior de Estados Unidos que para las necesidades reales de Centroamérica.
La columna editorial debe subrayar que la verdadera protección no se construye con presiones, sino con acuerdos equitativos. Los países centroamericanos requieren apoyo para enfrentar sus crisis internas, no imposiciones que los obliguen a elegir entre la obediencia y la exclusión. El escudo puede ser una oportunidad para fortalecer la cooperación regional, pero solo si se basa en la voluntad genuina de los países y no en la imposición de una potencia.
En conclusión, la destrucción del sector hotelero en Cuba y el temor de los empresarios extranjeros son un recordatorio de lo que ocurre cuando la política internacional se basa en sanciones y presiones. El Escudo de las Américas, en teoría, busca proteger, pero en la práctica puede convertirse en un instrumento de control. Yo pregunto: ¿exactamente para qué sirve o va a servir en Centroamérica? La respuesta dependerá de si se convierte en un verdadero pacto de solidaridad o en una herramienta más de subordinación. Porque la seguridad real no se impone, se construye con respeto, cooperación y visión compartida.
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