De: WINN COLLIER.
El 21 de noviembre de 1915, la esperanza de Sir Ernest Shackleton y los tripulantes del Endurance se hundió junto con el barco en las oscuras profundidades bajo el hielo antártico. Quedaron varados a miles de kilómetros de casa. Más tarde, la tripulación comentó varias cosas que ayudaron a su supervivencia, incluido un banjo Windsor de más de cinco kilos de peso. Al emprender su ardua travesía, Leonard Hussey (el meteorólogo de la expedición) fue el único autorizado a llevar más de un kilo de pertenencias. «Es medicina mental vital —le dijo Shackleton a Hussey— y la vamos a necesitar». Los diarios de la tripulación explicaban el poder de aquella música. «El banjo […] alimenta el cerebro», escribió un marinero.
La Biblia presenta la música como uno de los inmensos regalos de Dios, una forma en que su sanidad y consuelo entran en el corazón humano. En la trágica historia del rey Saúl, vemos cómo fue oprimido por un «espíritu malo» (1 Samuel 16:14). ¿Y qué creyeron sus sirvientes que el rey necesitaba para encontrar alivio? Música. Entonces, buscaron al joven David, y este «tomaba el arpa y tocaba […]; y Saúl sentía alivio» (v. 23).
La música ofrece más que simple entretenimiento. Puede traer alegría, renovar la esperanza y consolar almas cansadas. Es, en verdad, uno de los poderosos regalos de Dios.
REFLEXIÓN:
¿Cómo te ha alentado la música? ¿Cómo ha profundizado tu relación con Dios?
#YoDigoYoPregunto





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