Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

En el Estado de México vuelve a la mesa un tema que nunca debió haberse retirado: la separación de residuos. La realidad es contundente, el nulo saber ciudadano sobre cómo dividir la basura se ha convertido en un problema estructural que no solo frena el reciclaje, sino que además expone a los recolectores a riesgos innecesarios. La falta de cultura ambiental y la ausencia de políticas claras han creado un círculo vicioso donde la basura se acumula, se mezcla y se convierte en un símbolo de desorden social.

La separación de residuos no es un lujo, es una necesidad básica de cualquier sociedad que aspire a un futuro sostenible. Sin embargo, en la práctica cotidiana, los hogares mexiquenses siguen depositando todo en una sola bolsa: restos orgánicos, plásticos, vidrios, metales y hasta desechos peligrosos como pilas o solventes. Esa mezcla no solo imposibilita el reciclaje, también genera focos de infección y accidentes para quienes trabajan en la recolección. Los recolectores, invisibles para la mayoría, son los primeros en enfrentar cortes, quemaduras o enfermedades derivadas de la manipulación de residuos mal dispuestos. La indiferencia ciudadana se traduce en riesgo laboral.

El problema no es nuevo, pero se ha agudizado porque las campañas de concientización han sido superficiales, intermitentes y sin seguimiento. Se colocan contenedores de colores en algunos puntos, se reparten volantes con instrucciones, pero la realidad es que la mayoría de la población desconoce qué va en cada contenedor o simplemente ignora la práctica. La falta de sanciones efectivas y de incentivos claros convierte la separación en un acto voluntario que pocos realizan. En consecuencia, los rellenos sanitarios reciben toneladas de basura mezclada, reduciendo la posibilidad de reutilizar materiales y aumentando la contaminación del suelo y del agua.

El reciclaje, que podría ser una industria generadora de empleo y de ingresos, se ve truncado por la falta de materia prima limpia y separada. Los plásticos contaminados con restos orgánicos pierden valor, el vidrio mezclado con metales se convierte en desecho, y los residuos peligrosos terminan infiltrándose en la cadena de reciclaje. El Estado de México, con su densidad poblacional y su volumen de desechos diarios, debería ser un ejemplo de gestión moderna de residuos, pero en cambio se mantiene en una dinámica obsoleta que compromete el futuro ambiental.

La raíz del problema está en la educación ambiental. No basta con exigir que la ciudadanía separe la basura si nunca se le ha enseñado cómo hacerlo ni por qué es vital. La cultura de la separación debe comenzar en las escuelas, reforzarse en los hogares y consolidarse en los espacios públicos. Sin esa base, cualquier programa gubernamental se convierte en letra muerta. La responsabilidad también recae en las autoridades municipales, que deben garantizar un sistema de recolección diferenciado y eficiente. De nada sirve que un ciudadano separe si el camión recolector mezcla todo en la misma caja.

El costo de la indiferencia es alto. Los rellenos sanitarios se saturan, los recolectores se enferman, el reciclaje se estanca y el medio ambiente se degrada. La basura mal manejada no desaparece, se transforma en contaminación que regresa a la sociedad en forma de aire sucio, agua contaminada y suelos improductivos. El Estado de México no puede seguir postergando una política seria de separación de residuos. La urgencia es evidente: sin un cambio radical en la forma de manejar la basura, el futuro será un vertedero interminable.

La columna vertebral de cualquier política ambiental es la coherencia entre discurso y acción. No basta con anunciar programas, se requiere voluntad política para imponer reglas claras, sanciones efectivas y campañas permanentes. La ciudadanía debe entender que separar la basura no es un favor al gobierno, es un acto de responsabilidad colectiva. Y los recolectores, que hoy arriesgan su salud en cada jornada, merecen condiciones seguras y un sistema que respalde su trabajo. La basura no es solo un problema de higiene, es un reflejo de la cultura cívica de un pueblo. En el Estado de México, esa cultura sigue ausente, y la deuda con el medio ambiente y con los trabajadores de la recolección se acumula día tras día.

La separación de residuos es la frontera entre el atraso y la modernidad. Mientras no se cruce, el Estado de México seguirá atrapado en la lógica de la improvisación, con montañas de basura que crecen y con riesgos que se multiplican. La pregunta no es si debemos separar, la pregunta es por qué seguimos sin hacerlo. La respuesta es incómoda: falta educación, falta voluntad y falta compromiso. Y mientras esas carencias persistan, la basura seguirá siendo el espejo de nuestra incapacidad para organizarnos como sociedad.

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