Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

En la Ciudad de México, la historia parece repetirse una y otra vez: la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) insiste en ocupar el Zócalo como si ese espacio fuera su escenario natural, aunque no se trate de una fecha patria ni de un acto conmemorativo. La pregunta es inevitable: ¿para qué quieren estar ahí si no es 15 de septiembre, si no hay ceremonia oficial, si no hay motivo institucional que lo justifique? La respuesta se diluye en un mar de consignas, pero lo que sí queda claro es que el desgaste social y político de estas movilizaciones se convierte en un cuento de nunca acabar.

El Zócalo, más allá de ser un espacio público, es símbolo de poder y representación nacional. Quien lo ocupa, lo hace para enviar un mensaje de fuerza, de desafío, de presencia. La CNTE lo sabe y por eso insiste, aunque la realidad es que su lucha ha perdido legitimidad frente a una ciudadanía que exige resultados en las aulas, no plantones en las plazas. Se les paga para enseñar, para formar generaciones, no para convertir la capital en un campo de batalla. La paciencia social se agota cuando los maestros dejan de ser educadores y se transforman en actores políticos que parecen olvidar su responsabilidad primaria.

El saldo de estas confrontaciones no es menor. Se habla de dos personas heridas, una de ellas con riesgo de perder un ojo. La violencia, inevitable en estos escenarios, abre un debate incómodo: ¿y si los agresores fueran del mismo gremio?, ¿qué pasaría con la narrativa de víctimas que la CNTE suele enarbolar? La posibilidad no es descabellada, porque en la tensión de las marchas y los choques internos, los bandos se confunden y las lealtades se diluyen. La protesta deja de ser un acto de resistencia y se convierte en un espectáculo de confrontación donde los propios protagonistas pueden terminar siendo verdugos de sus compañeros.

La insistencia en ocupar el Zócalo refleja más un capricho político que una necesidad social. La CNTE busca visibilidad, pero lo hace a costa de la estabilidad de la ciudad y de la seguridad de los ciudadanos. El derecho a manifestarse no puede convertirse en un cheque en blanco para paralizar la vida pública. La capital no puede ser rehén de un gremio que, en lugar de fortalecer la educación, la debilita con ausencias, con paros, con discursos que se repiten sin ofrecer soluciones. La educación se construye en las aulas, no en las barricadas.

El gobierno, por su parte, enfrenta el dilema de contener sin reprimir, de garantizar el orden sin caer en excesos. Pero la línea es delgada y los resultados, insuficientes. La CNTE aprovecha esa ambigüedad para presionar, para victimizarse, para prolongar un conflicto que parece no tener fin. La pregunta de fondo es si la sociedad seguirá tolerando este ciclo interminable de marchas, bloqueos y enfrentamientos, o si llegará el momento en que se exija un cambio radical en la forma de relacionarse con este gremio.

La columna vertebral de un país es su sistema educativo. Cuando los maestros abandonan su misión y se convierten en agitadores, el daño trasciende lo inmediato. No se trata solo de las calles cerradas o de los heridos en una protesta; se trata de generaciones enteras que reciben una educación fragmentada, interrumpida, insuficiente. El costo es demasiado alto y la CNTE parece no entenderlo. El cuento de nunca acabar se convierte en una tragedia que afecta a todos, incluso a quienes dicen luchar por un futuro mejor.

La Ciudad de México merece paz, merece orden, merece que sus plazas sean espacios de convivencia y no de confrontación. La CNTE debe recordar que su fuerza no está en ocupar el Zócalo, sino en ocupar las aulas con compromiso y responsabilidad. De lo contrario, seguirá siendo protagonista de un relato que ya cansa, que ya desgasta, que ya no convence. Y entonces, la pregunta seguirá resonando: ¿será este el cuento de nunca acabar con esas personas?

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