Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

Carlos Slim, el hombre más rico de México, ha lanzado una propuesta que sacude la conciencia colectiva: retrasar la edad de jubilación hasta los 75 años. Lo que para él parece un cálculo frío de productividad y longevidad, para millones de mexicanos y mexicanas es un golpe directo a la dignidad, a la justicia social y al derecho elemental de descansar después de décadas de trabajo. No es un asunto de números, es un asunto de humanidad. Y es ahí donde radica el gravísimo error garrrafal de su planteamiento.

Slim observa al país desde la comodidad de su camioneta blindada, pero lo hace hacia adentro, no hacia afuera. Hacia adentro, donde los cristales oscuros le permiten ver únicamente sus balances, sus proyecciones y sus intereses. Hacia afuera, en cambio, está la realidad que parece ignorar: obreros que se levantan a las cuatro de la mañana, maestras que cargan con generaciones enteras, campesinos que envejecen antes de tiempo, médicos que se desgastan en guardias interminables. ¿Cómo se les puede pedir que trabajen diez años más, cuando muchos apenas llegan a los 65 con la salud quebrada y las fuerzas agotadas?

La propuesta de elevar la jubilación a los 75 años es una decepción porque revela una visión deshumanizada del país. México no es un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven según la conveniencia del capital. México es un cuerpo vivo, con millones de rostros que esperan que el sistema les reconozca su esfuerzo. Pretender que la jubilación se convierta en un privilegio casi inalcanzable es condenar a generaciones enteras a morir trabajando, sin la posibilidad de disfrutar el fruto de su vida laboral.

El argumento de que la esperanza de vida ha aumentado no resiste el contraste con la realidad. Sí, los números dicen que vivimos más años, pero ¿en qué condiciones? La vejez en México está marcada por enfermedades crónicas, por sistemas de salud colapsados, por pensiones insuficientes. No se trata de vivir más, se trata de vivir mejor. Y ahí es donde la propuesta de Slim se convierte en un espejismo: prolongar la edad de jubilación no garantiza bienestar, solo prolonga la explotación.

El error es doble: económico y moral. Económico, porque un trabajador agotado no produce más, produce menos. Moral, porque negar el derecho al descanso es negar la dignidad misma. Slim debería mirar hacia afuera de su camioneta blindada y ver los rostros de quienes sostienen el país con su trabajo diario. Debería escuchar a los jubilados que apenas sobreviven con pensiones raquíticas, a los adultos mayores que dependen de sus hijos porque el sistema los abandonó. Debería entender que la riqueza no se mide en años trabajados, sino en justicia social.

La jubilación a los 65 años no es un lujo, es un derecho. Es el reconocimiento de que la vida laboral tiene un límite y que después de cruzarlo, el trabajador merece descanso, merece tiempo para sí mismo, merece vivir sin la carga de la obligación. Subir ese límite a los 75 es un retroceso histórico, una bofetada a la clase trabajadora y una muestra de desconexión con la realidad nacional.

El país necesita empresarios que miren hacia afuera, que entiendan que su éxito depende de la fuerza de quienes trabajan para ellos. Slim, con su influencia y poder, podría ser un aliado en la construcción de un México más justo. Pero mientras insista en propuestas que prolongan la explotación, seguirá siendo visto como alguien que se encierra en su camioneta blindada, incapaz de ver la verdadera cara del país.

La pregunta es clara: ¿cómo hacerle ver este error? Con la voz firme de la sociedad, con la crítica contundente de quienes no aceptan retrocesos, con la exigencia de que la riqueza se traduzca en responsabilidad social. Porque México no puede permitirse que la jubilación se convierta en un privilegio reservado para unos pocos. México necesita justicia, y la justicia comienza por reconocer que a los 65 años, después de toda una vida de trabajo, lo que corresponde no es más explotación, sino descanso.

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