Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

Estados Unidos ha lanzado la idea de ir a la guerra contra los cárteles bajo el paraguas del llamado “Escudo de las Américas”, una coalición de países que supuestamente uniría fuerzas para enfrentar el crimen organizado transnacional. La propuesta, en apariencia, busca mostrar unidad continental frente a un enemigo común. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿se trata de una coalición genuina donde la unión hace la fuerza, o de un mecanismo para entrar en otros países como “Juan en su casa”, imponiendo decisiones y deshaciendo estructuras a su antojo?

El discurso oficial habla de cooperación, de compartir inteligencia, de coordinar operaciones conjuntas y de fortalecer la seguridad regional. Pero detrás de esa narrativa se esconde la sombra de la intervención. La historia de América Latina está marcada por episodios en los que Estados Unidos, bajo el argumento de la seguridad hemisférica, ha terminado imponiendo su agenda en territorios ajenos. El “Escudo de las Américas” corre el riesgo de convertirse en una reedición de esas prácticas, disfrazadas ahora de lucha contra el narcotráfico.

La coalición de países, en teoría, debería ser un espacio de igualdad, donde cada nación aporte recursos y decisiones en pie de igualdad. Sin embargo, la realidad muestra que el peso político, militar y económico de Estados Unidos es desproporcionado. Cuando Washington convoca, los demás países suelen alinearse, no porque compartan plenamente la estrategia, sino porque la presión diplomática y económica los obliga. Así, lo que se presenta como unión, termina siendo subordinación. La pregunta es si los gobiernos latinoamericanos están dispuestos a ceder soberanía bajo el argumento de combatir a los cárteles.

El problema del narcotráfico es real y devastador. Los cárteles han penetrado instituciones, han corrompido sistemas de justicia y han sembrado violencia en comunidades enteras. Nadie puede negar que se trata de un enemigo que trasciende fronteras. Pero la solución no puede ser una guerra dictada desde fuera. La experiencia demuestra que las intervenciones militares, lejos de erradicar el problema, lo fragmentan y lo multiplican. Afganistán e Irak son ejemplos de cómo una coalición encabezada por Estados Unidos puede terminar generando más caos que orden. ¿Queremos repetir ese escenario en América Latina bajo el pretexto del “Escudo de las Américas”?

La alternativa es construir una verdadera cooperación regional, donde los países definan estrategias conjuntas sin perder autonomía. La unión hace la fuerza, sí, pero solo si esa unión es voluntaria, equitativa y respetuosa de la soberanía. De lo contrario, se convierte en un instrumento de control. La lucha contra los cárteles requiere inteligencia compartida, fortalecimiento institucional, inversión en desarrollo social y coordinación policial. No necesita ejércitos extranjeros patrullando calles ni gobiernos sometidos a agendas ajenas.

Estados Unidos plantea la guerra contra los cárteles como una cruzada continental. Pero la pregunta sigue vigente: ¿coalición de países para entrar en territorios como si fueran propios, imponiendo su voluntad, o coalición auténtica donde la unión hace la fuerza? La respuesta dependerá de la capacidad de los gobiernos latinoamericanos para defender su soberanía y de la voluntad de construir un frente común que no sea subordinado, sino verdaderamente solidario. El “Escudo de las Américas” puede ser un símbolo de unidad o un disfraz de intervención. La diferencia está en quién toma las decisiones y en qué intereses prevalecen.

El reto está planteado: América Latina debe decidir si acepta ser escenario de una guerra diseñada en Washington o si construye su propia estrategia de cooperación. La lucha contra los cárteles no puede convertirse en excusa para perder soberanía. La unión hace la fuerza, pero solo si esa unión es nuestra, no impuesta.

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