Por: YODIGOYOPREGUNTO.COM

La historia reciente de la humanidad parece escrita con tinta de sospechas y acusaciones. Cada vez que un virus irrumpe en la escena global, la primera reacción no es la ciencia ni la solidaridad, sino la búsqueda de un culpable. El COVID-19 fue señalado como producto de un laboratorio, el ébola se atribuyó a prácticas culturales en África, y el hantavirus se convirtió en pretexto para apuntar hacia cierto país del Medio Oriente. El patrón es claro: antes de entender, se acusa; antes de investigar, se condena. La pregunta inevitable es: ¿a quién van a culpar ahora?

El mecanismo de la culpa funciona como un reflejo político y social. En lugar de asumir que los virus son parte de la compleja relación entre humanidad y naturaleza, se construyen narrativas que buscan responsables externos. Es más fácil señalar a un país que reconocer la fragilidad de los sistemas de salud, la falta de inversión en investigación o la desigualdad que impide a millones acceder a atención médica básica. La culpa se convierte en un recurso de poder, en un arma diplomática, en un discurso que distrae de lo esencial: la prevención y la respuesta efectiva.

El COVID-19 demostró que la globalización no solo conecta mercados, también conecta riesgos. El ébola expuso la vulnerabilidad de regiones enteras olvidadas por la cooperación internacional. El hantavirus recordó que los virus no necesitan pasaporte para cruzar fronteras. Sin embargo, la reacción sigue siendo la misma: levantar muros simbólicos, construir enemigos imaginarios, reforzar prejuicios. La pregunta “¿a quién van a culpar ahora?” no es retórica, es un espejo de nuestra incapacidad para aprender de las crisis anteriores.

La culpa, además, tiene un efecto corrosivo. Alimenta la desinformación, legitima discursos xenófobos y debilita la cooperación internacional. Mientras los gobiernos se acusan entre sí, los virus avanzan sin detenerse. Mientras se discute quién es responsable, los hospitales colapsan, las economías se tambalean y las sociedades se polarizan. La culpa no salva vidas, no produce vacunas, no fortalece sistemas de salud. La culpa solo divide.

El verdadero debate debería ser otro: ¿qué hemos hecho para estar mejor preparados? ¿Qué inversión se ha destinado a la ciencia? ¿Qué políticas públicas se han diseñado para garantizar acceso universal a la salud? ¿Qué mecanismos de cooperación internacional se han reforzado para enfrentar juntos la próxima crisis? Pero esas preguntas incomodan, porque obligan a mirar hacia dentro, a reconocer errores propios, a asumir responsabilidades que no se pueden delegar en un “otro” lejano.

La historia nos enseña que los virus no distinguen ideologías ni fronteras. El ébola no se detuvo en África, el COVID-19 no se quedó en Asia, el hantavirus no se limitó a un país del Medio Oriente. La naturaleza no entiende de geopolítica. Sin embargo, los discursos oficiales insisten en convertir cada brote en un campo de batalla diplomático. Se acusa, se señala, se estigmatiza. Y mientras tanto, la pregunta sigue flotando en el aire: ¿a quién van a culpar ahora?

La respuesta, aunque incómoda, debería ser clara: no se trata de culpar, se trata de actuar. La humanidad necesita menos discursos de sospecha y más políticas de prevención. Menos acusaciones y más cooperación. Menos propaganda y más ciencia. Porque cada minuto que se pierde en buscar culpables es un minuto que se gana el virus en su carrera contra nosotros.

La columna vertebral de la salud pública no puede ser la culpa, debe ser la responsabilidad compartida. La próxima pandemia —porque habrá otra, no lo dudemos— no se detendrá con discursos ni con acusaciones. Se detendrá con sistemas de salud sólidos, con inversión en investigación, con cooperación internacional real. Culpar es fácil, actuar es difícil. Pero si seguimos eligiendo el camino fácil, la pregunta seguirá repitiéndose como un eco interminable: ¿a quién van a culpar ahora?

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