Por: REDACCIÓN.

El agro del Estado de México enfrenta una paradoja que revela tanto la fragilidad de su presente como la incertidumbre de su futuro. Mientras los discursos oficiales insisten en la modernización y la productividad, la realidad muestra un campo que envejece, literalmente, porque los jóvenes han decidido abandonarlo. Más del 80% de las solicitudes de apoyos agrícolas en la entidad provienen de personas mayores de 45 años, un dato que desnuda la falta de relevo generacional y que anticipa un escenario de riesgo para la seguridad alimentaria y la sostenibilidad rural.

La migración juvenil hacia las ciudades no es nueva, pero se ha intensificado en las últimas décadas. La promesa de empleos mejor remunerados, acceso a servicios y la ilusión de movilidad social han vaciado las comunidades rurales de brazos jóvenes. El campo se ha convertido en un espacio de resistencia, sostenido por quienes crecieron en él y se niegan a abandonarlo, aunque la edad ya no les permita innovar con la misma fuerza. El resultado es un agro mexiquense que depende de productores veteranos, con experiencia invaluable, pero sin el respaldo de nuevas generaciones que aseguren continuidad.

El dato de que más del 80% de los apoyos se concentren en mayores de 45 años no es solo una estadística: es un síntoma de abandono institucional hacia la juventud rural. Los programas de apoyo, aunque necesarios, parecen diseñados para sostener lo existente más que para sembrar futuro. Se privilegia la asistencia a quienes ya están en el campo, pero no se generan incentivos reales para que los jóvenes regresen o permanezcan en él. Sin políticas que vinculen educación, tecnología y arraigo comunitario, el agro seguirá siendo visto como un espacio de atraso y sacrificio, no como una oportunidad de desarrollo.

La consecuencia inmediata es la pérdida de dinamismo. Un campo envejecido tiende a reproducir prácticas tradicionales, muchas veces poco competitivas frente a los mercados globales. La innovación tecnológica, la diversificación de cultivos y la incorporación de cadenas de valor requieren energía, formación y visión de largo plazo, atributos que difícilmente pueden sostenerse si la base productiva está compuesta mayoritariamente por adultos mayores. El riesgo es doble: por un lado, la productividad se estanca; por otro, la transmisión de saberes ancestrales se interrumpe porque no hay jóvenes dispuestos a recibirla.

El abandono juvenil también tiene un impacto social profundo. Las comunidades rurales pierden cohesión cuando los jóvenes migran, se debilitan las estructuras familiares y se reduce la capacidad de organización colectiva. El campo deja de ser un espacio de vida plena y se convierte en un territorio de sobrevivencia. Los mayores, que hoy sostienen la producción, enfrentan además la carga emocional de ver cómo sus hijos y nietos buscan futuro en otros lugares, dejando atrás la tierra que les dio identidad.

La pregunta de fondo es qué modelo de desarrollo queremos para el agro mexiquense. Si se insiste en mantenerlo como un espacio marginal, dependiente de apoyos asistenciales, el envejecimiento será irreversible. Pero si se apuesta por un modelo integral que combine inversión en infraestructura, acceso a mercados, capacitación tecnológica y reconocimiento cultural, entonces el campo puede recuperar atractivo para las nuevas generaciones. No se trata de romantizar la vida rural, sino de dignificarla con condiciones reales de progreso.

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