El Eco de Los Mudos.

Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.

Hay una forma particularmente peligrosa de degradación del poder que no se manifiesta en escándalos monumentales ni en actos abiertamente corruptos, sino en algo mucho más sutil: la disolución del carácter. No es el abuso lo que primero pudre a las instituciones, sino la complacencia. Y en ese terreno fértil crece una figura que hoy abunda en la vida pública: el subordinado leal hasta la abyección, el asesor sin columna vertebral, el operador cuya brújula moral ha sido sustituida por la ansiedad de permanecer cerca del poder.

La historia —esa que Marco Tulio Cicerón llamaba maestra de la vida— no solo sirve para adornar discursos, sino para exhibir patrones que se repiten con una obstinación casi trágica. Ahí aparece Tomás Becket, no como reliquia medieval, sino como una anomalía ética que incomoda incluso hoy. Su ruptura con Enrique II de Inglaterra no fue simplemente un conflicto entre Iglesia y Corona, sino una colisión entre dos concepciones irreconciliables de la lealtad: la lealtad como obediencia ciega y la lealtad como fidelidad a un principio superior.

Becket encarna una tesis que resulta casi subversiva en la política contemporánea: decir “no” también es un acto de lealtad. Más aún, es el único que realmente protege al poder de su deriva autodestructiva. Pero esa idea ha sido sistemáticamente erosionada. Hoy, la lealtad se ha trivializado hasta confundirse con la docilidad, y el disenso se percibe como traición. El resultado es una corte de figuras intercambiables —los “muppets del poder”— cuya función no es pensar, sino asentir; no es deliberar, sino amplificar.

El problema no es únicamente de quienes mandan, sino de quienes aceptan convertirse en instrumentos. Porque el poder autoritario rara vez se ejerce en solitario: necesita cómplices que lo normalicen. En ese sentido, los asesores contemporáneos no son meros espectadores; son coautores silenciosos de las decisiones que después se presentan como inevitables. Su renuncia al juicio crítico no es neutral: es una forma activa de irresponsabilidad.

Y aquí aparece una paradoja inquietante: nunca había sido tan necesario el consejo honesto, y nunca había sido tan escaso. En un ecosistema político saturado de incentivos perversos —donde la visibilidad sustituye a la sustancia y la narrativa importa más que la verdad—, el asesor que incomoda se vuelve prescindible, mientras que el adulador se convierte en indispensable. El poder, entonces, se rodea de espejos en lugar de ventanas.

Ese fenómeno se agrava en la era de la política performativa. El caso de figuras que convierten el espacio público en un escenario de ocurrencias —como el diputado local sinaloense Serapio Vargas— no debería analizarse como una simple excentricidad o agitación social, sino como síntoma de algo más profundo: la sustitución de la deliberación por el espectáculo. Cuando la estrategia política se reduce a “dar de qué hablar”, el contenido se vuelve irrelevante y la forma degenera en caricatura.

Aquí es donde la figura del asesor adquiere una dimensión casi trágica. Porque detrás de cada acto ridículo suele haber una cadena de silencios cómplices. Alguien que no dijo “esto es un error”, alguien que prioriza la aprobación inmediata sobre la integridad a largo plazo. La impostura no surge espontáneamente; es diseñada, validada y ejecutada por quienes han confundido la estrategia con la simulación.

Pero el problema de fondo no es estético, sino ético. No se trata de si un político debe ser serio o carismático, sino de si es auténtico. La autenticidad no es un atributo superficial, sino una coherencia interna entre lo que se es y lo que se proyecta. Cuando esa coherencia se rompe, la política deja de ser representación y se convierte en farsa.

Volver a Becket no es un ejercicio de nostalgia, sino un recordatorio incómodo: el poder necesita límites, y esos límites muchas veces provienen de quienes están más cerca de él. El verdadero asesor no es el que protege la imagen del líder, sino el que lo enfrenta a sus propias contradicciones. No es el que suaviza la realidad, sino el que la vuelve ineludible.

Sin embargo, asumir ese rol implica un costo. Becket lo pagó con la vida. Hoy, el precio suele ser menos dramático, pero no menos significativo: el exilio político, la marginación, la pérdida de influencia. Y ahí es donde se revela el carácter. Porque la pregunta no es si el poder castiga la disidencia —eso es casi inevitable—, sino si aún existen individuos dispuestos a asumir ese costo.

En última instancia, la crisis no es de liderazgo, sino de entorno. Los “Servidores públicos” seguirán existiendo; la historia demuestra que el poder tiende naturalmente a expandirse. La verdadera incógnita es si habrá Becket suficientes para contenerlo, o si seguiremos produciendo generaciones de “muppets” cuya lealtad, vaciada de contenido moral, no es más que otra forma de complicidad.

GOTITAS DE AGUA:

Porque cuando la lealtad pierde el carácter, deja de ser virtud y se convierte en una coartada. Y pocas cosas son más peligrosas para una democracia que un sistema lleno de coartadas y vacío de convicciones. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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