Por: Susana Rangel.
Un día, en una cafetería llena de gente, entró un gallo muy orgulloso. Caminaba con el pecho inflado y alzando las patas como si todo el lugar le perteneciera.
Desde la entrada, notó a un patito amarillo sentado en una mesa, tranquilo, tomando su café.
El gallo frunció el pico y, con voz fuerte, gritó:
— ¡Mesero! ¡Invito el desayuno para todos los animales aquí presentes… menos para ese patito ridículo!
El mesero, confundido, aceptó el dinero y repartió pan, frutas y café para todos. Menos al patito.
Pero el patito no se enojó.
Al contrario, levantó la taza, sonrió, y dijo en voz alta:
— ¡Muchísimas gracias!
El gallo no lo podía creer. ¿Gracias? ¿Por qué?
Molesto, volvió a sacar su dinero:
— ¡Mesero! ¡Ahora pago el postre para todos… menos para el patito ese!
Pasteles, galletas y dulces llegaron a todas las mesas.
Y el patito, otra vez, sonrió y gritó:
— ¡Gracias!
El gallo, ya desesperado, se acercó al mesero y le preguntó:
— ¿Qué le pasa a ese patito? ¿No entiende que no le estoy dando nada? ¿Por qué sigue agradeciendo?
Y el mesero, con una sonrisa, le contestó:
— Porque el patito… es el dueño de esta cafetería.
Moraleja:
Cuando quieres humillar a alguien solo para quedar bien tú… probablemente termines quedando mal tú solo.
No te preocupes por los que te atacan: a veces el que más grita es el que menos tiene.
Ser diferente no es un defecto.
La calma desarma. La paz interior vale más que mil reacciones impulsivas.
Y recuerda: si haces algo con coraje… es probable que te salga mal.





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