Gasolina cara y deuda alta: el costo de decidir mal.

Por: ARTURO HUICOCHEA.

No es el mundo. Somos nosotros.

Durante meses, el gobierno federal ha insistido en una narrativa cómoda: los problemas económicos de México —la deuda creciente y el alza en los combustibles— son consecuencia de factores externos. Estados Unidos. Las guerras. Los mercados.

Pero no. No es cierto.

La raíz está en casa. En decisiones tomadas antes de cualquier crisis internacional reciente. En políticas públicas que debilitaron al país cuando más necesitaba fortalecerse.

Primero, la deuda. México vive un aumento sostenido en su endeudamiento. No es un accidente. Es una decisión. Se ha gastado más, pero no mejor. Se han cancelado proyectos que generaban confianza. Se ha privilegiado el corto plazo sobre la inversión productiva.

La deuda crece. La capacidad no.

Endeudarse puede ser útil. Pero no para tapar errores. No para financiar ocurrencias. No para sostener discursos. Hoy, esa factura empieza a llegar.

Y al mismo tiempo, la gasolina.

El aumento en los combustibles tiene una explicación clara: el desmantelamiento de la apertura energética. La reforma de 2013 buscó competencia, inversión y eficiencia. Permitió nuevos participantes. Generó opciones. Introdujo presión sobre precios.

México avanzaba.

Pero a partir de 2018, el camino se revirtió.

Se frenaron inversiones. Se limitaron permisos. Se cerraron espacios a la competencia. Se apostó por concentrar el mercado en una sola empresa, sin resolver sus problemas estructurales.

Menos competencia. Menos opciones. Más costos.

Así de simple.

Cuando un país tiene múltiples proveedores, puede resistir mejor los choques externos. Puede comprar mejor. Puede almacenar. Puede competir.

México decidió no hacerlo.

Por eso, cuando llegaron las tensiones internacionales, el país ya era vulnerable. Sin infraestructura suficiente. Sin diversificación. Sin margen.

La gasolina sube hoy, sí. Pero la causa viene de antes.

Y lo mismo ocurre con la deuda.

Ambos problemas comparten origen: decisiones internas equivocadas. Decisiones que redujeron capacidades. Decisiones que apostaron por el control en lugar de la eficiencia.

Esa es la verdad.

Y reconocerla es indispensable.

Porque mientras se siga culpando al exterior, no habrá soluciones de fondo. Solo paliativos. Subsidios temporales. Discursos defensivos.

Nada cambia así.

México necesita algo distinto. Necesita asumir responsabilidad.

Responsabilidad del gobierno, sí. Pero también de la sociedad.

No podemos seguir delegando todo. No podemos aceptar explicaciones incompletas. No podemos normalizar el error.

Es momento de exigir. De cuestionar. De participar.

De reconstruir.

Abrir el sector energético. Recuperar la competencia. Incentivar la inversión. Usar la deuda con inteligencia. Apostar por el crecimiento real.

No es ideología. Es sentido común.

Porque cuando el gobierno se equivoca, el país no puede quedarse inmóvil.

Hoy no es tiempo de excusas. Es tiempo de claridad.

Y la claridad comienza por aceptar lo evidente: la gasolina cara y la deuda alta no son producto del destino.

Son producto de decisiones.

Y las decisiones, siempre, se pueden cambiar.

@ArturoHuicochea

#YoDigoYoPregunto

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