Por: GILBERTO GONZÁLEZ HERNÁNDEZ.
En el teatro romano, la persona era la máscara que el actor se ponía para representar un personaje. Era literal: una cubierta de madera o arcilla que ocultaba el rostro real y proyectaba al personaje que el público esperaba ver. Rey, esclavo, héroe, villano…”La máscara decidía quién eras ante los ojos de todos.”
Mucha gente tiene una máscara para el trabajo. Una para las redes sociales. Una para la familia. Una para la iglesia, a veces. Y el problema no es que las uses, el problema es que después de tanto tiempo actuando, ya no recuerdas dónde termina la máscara y dónde empiezas tú.
El apóstol Pablo escribió desde la prisión, sin máscara posible, sin audiencia que impresionar, estas palabras a los creyentes en Éfeso:
Despojaos del viejo hombre, y revestíos del nuevo, el cual conforme a Dios fue creado en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4:22-24
Dos acciones. Despojarse. Revestirse.
Pero fíjate en lo que dice: el viejo hombre es lo que fuimos formados por la presión del mundo, del engaño, de los deseos que corrompieron nuestra percepción de nosotros mismos. Es, en el lenguaje de hoy, la acumulación de máscaras. La identidad construida por capas de expectativas ajenas, heridas propias y actuaciones repetidas hasta volverse automáticas.
Y el nuevo hombre, el que se reviste, no es otro personaje más elaborado. Es exactamente lo contrario: es el ser humano sin máscara. El que Dios diseñó antes de que el mundo empezara a decirnos quiénes teníamos que ser. Aquí está la paradoja que el mundo no puede resolver: para ser verdaderamente humano, tienes que dejar de actuar como humano a la manera que el mundo entiende la humanidad.
“Cristo no vino a darte una mejor máscara. Vino a quitarte todas.

La cruz es el lugar donde murió el personaje que la vida había construido. Y la resurrección es el amanecer del rostro real, tu rostro, el que Dios vio cuando te pensó antes de la fundación del mundo.”
El apóstol Juan lo dice de una manera magistral: Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él. 1 Juan 3:2
Nota el tiempo verbal: ahora somos. No “llegaremos a ser si nos esforzamos lo suficiente.” La identidad ya está dada. Lo que va siendo revelado, progresivamente, gloriosamente, es la profundidad de lo que ya somos.
Eso es lo que significa crecer en Cristo. No añadir más capas. Sino ir soltando las máscaras, una por una, hasta que lo que quede sea simplemente tú, el tú que Dios conoce, ama y llama por nombre.
El mundo ofrece personas: roles perfectamente actuados, identidades cuidadosamente construidas, máscaras que suenan bien y se ven bien.
Cristo ofrece algo completamente diferente: la libertad de quitarte todo eso y descubrir que lo que hay debajo de la máscara no es el vacío que temías…Es tu verdadero rostro.
Y es más hermoso de lo que imaginabas.
Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen. 2 Corintios 3:18
“Bendecido día y que sea una muy bendecida y victoriosa semana, para todos mis amigos y a todas mis amistades y seguidores de mi Facebook
.”
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