Todos Perdimos con La Reforma Electoral.

Por: ARTURO HUICOCHEA.

La forma más sutil de ejercer el poder, diría Michel Foucault, es “produciendo realidad, organizando el campo de lo decible y lo pensable”. En otras palabras: quien define de qué hablamos, define qué ignoramos.

En esa lógica, en la política hay simulaciones burdas. Y hay simulaciones perversas. La reforma electoral aprobada a la media noche del miércoles, pertenece, sin duda, a las segundas: una operación política, una trampa en la que cayeron incluso quienes viven de detectarlas.

Antes de perdernos en las hojas —artículos, reservas, discursos encendidos— conviene mirar el bosque: El 5 de enero de 2026, en la tribuna mañanera se anunció una reforma constitucional en materia electoral. No había texto, pero sí insinuaciones. Bastó eso para encender la conversación pública. Durante seis semanas, se criticó —con razón— algo que aún no existía formalmente. La propia presidenta lo advirtió con ironía: ya estaban criticando una reforma que no conocían.

Cincuenta días después, lo que llegó no fue una iniciativa, sino un PowerPoint. Diez puntos. Provocadores, calculadamente provocadores. Y entonces ocurrió lo previsible: una reacción en cadena. Críticas, columnas, mesas de análisis, posicionamientos. La conversación pública quedó capturada.

Pero el guion no terminaba ahí. Se integró una polémica comisión, hubo filtraciones, versiones, amagos, seguidos de debates acalorados y hasta vulgares. Y luego, el golpe teatral: al llegar al Senado la “rebelión” del PVEM y el PT, éste último se mantuvo hasta el final. Visitas, negociaciones, señales de ruptura. El espectáculo estaba completo. La oposición, colgada de los alambres, reaccionaba con indignación legítima… pero también predecible.

El desenlace fue el verdadero dato político. La iniciativa original fue modificada, se “concedió” suprimir la revocación de mandato, como si ésta realmente importara; así la minuta fue endulzada, deslactosada. Lo que terminó recorriendo el proceso legislativo fue otra cosa: una versión atenuada, inofensiva reforma, llamada “electoral” que no aborda ningún aspecto electoral. En el Senado, días más de revisión para concluir en algo aún más revelador: adiciones constitucionales que, en esencia, repiten lo ya establecido: que los congresos locales legislen sobre la integración de los ayuntamientos, el salario de los servidores públicos electorales locales, y que ejerzan los recursos con multicitados principios. Albarda sobre aparejo.

Resultado: meses de debate nacional para producir un texto insulso, innecesario y prescindible.

Pero el problema no es jurídico. Es estratégico.

Mientras el país discutía una reforma que terminó en nada, la realidad avanzaba sin pedir permiso.

Los datos no admiten retórica: 300 mil empleos perdidos entre diciembre y enero, y 10 mil empresas según el IMSS; estancamiento económico reflejado en el IGAE; aumento en la percepción de inseguridad de más de dos puntos porcentuales; más de 70 homicidios diarios; crecimiento de delitos como la extorsión y el robo. 130 mil personas desaparecidas. 70 mil millones de endeudamiento adicional en las primeras semanas del año. 54 millones de pesos en pérdidas diarias por las obras emblemáticas del sexenio anterior; primera víctima humana del gusano barrenador, el envenenamiento de niñas y niños en proximidad de la refinería de Dos Bocas, explosión de ésta por la que murieron cinco personas, y detonó el desastre que contamina el Golfo de México. Muestra de asuntos que sí impactan e importan a la gente.

En paralelo: accidentes ferroviarios, narcobloqueos, masacres, primera víctima de sarampión en la CDMX y para decorar el pastel: primer gasolinazo de la 4T. Nada de eso dominó la conversación.

Ahí está la lección: se discutió lo irrelevante con intensidad moral, mientras lo relevante ocurría en inmoral silencio.

Nadie puede cantar victoria. Ni el gobierno, que terminó con una reforma diluida. Ni la oposición, que combatió un fantasma que mutó antes de materializarse. Ni los que alimentaron una conversación estéril.

Todos perdimos. Porque mientras nos indignábamos —con argumentos correctos, pero en el terreno equivocado— el país acumuló problemas que, a diferencia de las reformas deslactosadas, no se evaporan.

@ArturoHuicochea

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